Escribo este comentario al cumplirse el décimo aniversario del Pontificado del papa Francisco, uno de cuyos rasgos más sobresalientes es precisamente su lucha contra toda violencia y la promoción de la paz y del diálogo, que ahora encomienda a la oración de los cristianos.
La intención misionera habla de una «cultura» de la no violencia, que no se limita a acciones concretas –que son importantes– sino a promover un estilo de vida que brota del corazón de todo creyente y que tiene su raíz en el Evangelio. De ahí su doble propuesta que podemos resumir en el no a la violencia, sí a la paz.
No a la violencia
Es conocida la denuncia reiterada del papa Francisco con relación de la violencia de nuestra sociedad actual. Estamos viviendo una guerra por partes, a pedazos. Esta situación se ha recrudecido con la invasión violenta y armada de Ucrania, este pueblo martirizado, que Rusia está sometiendo a una de las pruebas más crueles y sangrientas de la historia.
El horizonte es todavía más sombrío si echamos una mirada a los múltiples conflictos armados, denunciados también por el Papa.
Se da una violencia no sólo entre los Estados, sino también entre los ciudadanos. Todos recordamos la violencia armada de grupos y personas contra iglesias, colegios, instituciones; incluso en el ámbito familiar. Hace unos días leía en un periódico de Estados Unidos cómo una niña de tres años, que encontró una pistola en casa, mató a su hermanita de cuatro años, causando un drama familiar.
Sí a la paz
En su mensaje para la 50 Jornada Mundial de la Paz en 2016, destacaba las palabras de Pablo VI, dirigiéndose no sólo a los católicos sino a todos los pueblos:
Por su parte, el papa Francisco, propone «la no violencia como un estilo de política para la paz; que se conformen a la no violencia nuestros sentimientos y valores personales más profundos; que la no violencia se trasforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas».
Y termina el Papa con estas palabras monitorias, que invitan a la reflexión y a la oración:
«La violencia no es la solución para nuestro mundo fragmentado. Responder con violencia a la violencia lleva, en el mejor de los casos, a la emigración forzada y a un enorme sufrimiento, ya que las grandes cantidades de recursos que se destinan a fines militares son sustraídas de las necesidades cotidianas de los jóvenes, de las familias en dificultad, de los ancianos, de los enfermos, de la gran mayoría de los habitantes del mundo».





















































