La comunidad parroquial es un punto de referencia para vivir el dinamismo comunitario y misionero de la fe. Su importancia ha sido siempre destacada por el magisterio de todos los Pontíficados.
Pero la parroquia debe confrontarse constantemente con los cambios sociales y culturales, que caracterizan nuestra sociedad moderna y que piden un plan renovado de pastoral al servicio de la evangelización.
En este sentido, nos hacemos eco de la Instrucción sobre las parroquias a cargo de la Congregación para el Clero (20.07.2020), subrayando los aspectos señalados por la intención misionera: comunidades de fe, fraternidad y acogida a los más necesitados.
Para el papa Francisco, el punto de partida de toda institución eclesial es profundizar en la conciencia de Iglesia; es lo que da vida a la institución parroquial. Citando un texto de Pablo VI, con su habitual parresía, recuerda que «la Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio […] Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin «fidelidad de la Iglesia a la propia vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo».
El Papa anima en segundo lugar a las comunidades parroquiales a ser creativas, valorando la dimensión de la comunión y realizando, bajo la guía de los pastores, una síntesis armónica de carismas y vocaciones al servicio del anuncio del Evangelio, que corresponda mejor a las actuales exigencias de la evangelización. La creatividad significa «buscar caminos nuevos», o sea, «buscar el camino para que el Evangelio sea anunciado».
Es una invitación a las comunidades parroquiales a salir de sí mismas, ofreciendo instrumentos para una reforma, incluso estructural, orientada a un estilo de comunión y de colaboración, de encuentro y de cercanía, de misericordia y de solicitud por el anuncio del Evangelio.
Los carismas y vocaciones al servicio del anuncio de Evangelio enriquecen a la comunidad parroquial. En este sentido, cabe destacar la colaboración de las personas que pertenecen a la vida consagrada. Esta, «no es una realidad externa o independiente de la vida de la Iglesia local, sino que constituye una forma peculiar, marcada por la radicalidad del Evangelio, de estar presente en su interior, con sus dones específicos».
Igualmente enriquecedora es la participación de los laicos, los cuales, en virtud del bautismo y de los otros sacramentos de la iniciación cristiana, participan en la acción evangelizadora de la Iglesia, ya que «la vocación y la misión propia de los fieles laicos es la transformación de las distintas realidades terrenas, para que toda actividad humana sea transformada por el Evangelio»…
Como misión prioritaria, en fin, de las parroquias está la acogida de los más necesitados. A menudo, la comunidad parroquial es el primer lugar de encuentro humano y personal de los pobres con el rostro de la Iglesia. En particular, los sacerdotes, los diáconos y las personas consagradas son quienes deben mostrar compasión por la «carne herida» de los hermanos, visitándolos en la enfermedad, apoyando a las personas y familias sin trabajo, abriendo la puerta a todos cuantos pasan alguna necesidad.




















































