Prácticamente todos los que tenemos entre nuestras manos esta revista, estamos gozando de la Navidad en compañía de nuestros seres queridos y amigos. Estamos disfrutando de los buenos alimentos, que podemos fácilmente llevar a nuestras mesas. Sonreímos y cantamos a la Navidad.
En ocasiones tengo la sensación de que desconectamos fácilmente de los grandes problemas que azotan a la humanidad. Vivir en contextos donde la calidad de vida está asegurada, nos permite gozar cada día de tantas cosas hermosas que desvían nuestra mirada y nuestra atención a lo que nos rodea y hace que podamos gozarnos de ello.
Pero la humanidad está llorando, sufre por las consecuencias tan crueles de las guerras y de las hambrunas. Sí, en este contexto de una Tercera Guerra Mundial fragmentada, como repite continuamente el Papa Francisco, cada día son más las personas cuyas vidas están siendo destrozadas. El mismo Papa, recordaba recientemente en una entrevista a un medio español, qué en sus contactos con niños ucranianos, observa que éstos no sonríen, sus expresiones trasladan un gran sufrimiento interior ¿Qué habrán visto estos niños? Se preguntaba el Papa Francisco.
Amigos lectores, comenzamos un nuevo año con grandes deseos en el corazón, tanto para nosotros como para nuestras familias y todas las personas con las que compartimos la alegría de la vida. Un gran deseo que podemos compartir todos nosotros, es ser constructores de paz. Hay grandes conflictos mundiales que en esta revista iremos recogiendo y dando criterios para la reflexión personal; pero existen también pequeños conflictos en nuestro entorno más cercano, como puede ser en nuestras familias o en los lugares de trabajo.
Si cada uno de nosotros, seguidores de Jesús, fuésemos una pequeña semilla de paz y de reconciliación, muchos de estos pequeños conflictos terminarían siendo espacios de reconciliación y de armonía. ¿Quién quiere vivir en un espacio conflictivo? Aquellos que están enfermos, cuyos corazones han perdido el sentido del amor y de la paz.
Muchas veces lo repito, pero me parece que es una idea muy verdadera: el mundo cambiará con pequeños gestos favorecidos por personas con una gran humanidad y, en nuestro caso, además, con la luz de la fe en el Señor que nos acompaña y nos bendice.
Realmente haríamos un gran favor a la humanidad sufriente, si cada uno de nosotros, en este nuevo año, sembramos un poco de paz y de armonía en aquellos espacios donde hay un corazón sufriente. Ahí, a esa persona, nos envía el Señor en este nuevo año 2023. Ahí seguirá estando, también, esta Obra Máxima de solidaridad.