La intención misionera del mes de noviembre es una invitación a sensibilizarnos con el dolor de los padres que han perdido un hijo. El don de los hijos es el fruto más hermoso del amor, la bendición más grande de Dios, fuente de alegría y de esperanza para cada hogar y para toda la sociedad.
Pero son muchos los hijos que se pierden por accidente, guerra o violentamente, causando una pérdida y un dolor inmenso en el corazón de los padres. El Papa Francisco nos ayuda a reflexionar sobre esta realidad, a partir de dos textos del Evangelio: la sanación de la hija de Jairo y la resurrección del hijo de la viuda de Naín.
TALITHA KUMI: LEVÁNTATE
El 2 de marzo de 2024 recibía el Papa a miembros representantes de Talitha Kumi de Vicenza, cuya misión es acompañar a los padres y a las madres de familia que han perdido un hijo. Les decía: «Estamos llamados a imitar la conmoción y la compasión de Jesús frente al dolor, que lo lleva a vivir en su propia carne las penas del mundo». La pérdida de un hijo «es una experiencia que no acepta descripciones teóricas y rechaza la banalidad de palabras religiosas o sentimentales, de estériles alientos o frases de ocasión, que mientras pretenden consolar terminan por herir aún más a quienes, como ustedes, enfrentan cada día una dura batalla interior».
EL EPISODIO DE NAÍN
El Papa, partiendo de una catequesis sobre la familia e inspirándose en el texto de Lc 7.11-15, destaca la compasión de Jesús hacia quien sufre —en este caso una viuda que perdió a su hijo único—; y nos muestra también el poder de Jesús sobre la muerte.
La muerte es una experiencia que toca a todas las familias; forma parte de la vida. Sin embargo, cuando toca los afectos familiares, la muerte nunca nos parece natural. Para los padres, vivir más tiempo que sus hijos es algo especialmente desgarrador. La pérdida de un hijo o de una hija es como si se detuviese el tiempo: se abre un abismo que traga el pasado y también el futuro; toda la familia queda como paralizada, enmudecida.
Pero la muerte no tiene la última palabra, como muestran muchas familias del pueblo creyente, confiando en la gracia y en la compasión de Jesús, dando así un auténtico testimonio de fe. El amor es más fuerte que la muerte. Por eso el camino es hacer crecer el amor, hacerlo más sólido, y el amor custodiará nuestras vidas. Si nos dejamos sostener por esta fe, la experiencia del luto puede generar una solidaridad de los vínculos familiares más fuertes, una nueva apertura al dolor de las demás familias, una nueva fraternidad con las familias que nacen y renacen en la esperanza. Nacer y renacer en la esperanza, esto nos da la fe.
En el episodio de la viuda de Naín, después que Jesús vuelve a dar la vida a ese joven, hijo de la mamá viuda, dice el Evangelio: «Jesús se lo entregó a su madre». ¡Esta es nuestra esperanza! Todos nuestros seres queridos que ya se marcharon, el Señor nos los devolverá y nos encontraremos con ellos. Esta esperanza no defrauda. Así hará el Señor con todos nuestros seres queridos.




















































