Se ha dicho que el mundo será del que sea capaz de infundir esperanza. La esperanza se ha convertido en uno de los anhelos más hondos del corazón humano; ha pasado de ser la cenicienta de las virtudes teologales a constituirse en la reina. El cristianismo sólo cumple su misión si contagia esperanza a los hombres.
Como dice un poema de Péguy, «la niña esperanza», esta «segunda virtud» que asombra al mismo Dios, guía a las dos hermanas mayores, la fe y la caridad. Las dos grandes virtudes no pueden caminar si no es gracias a «la pequeña».
Benedicto XVI, en su encíclica Spes salvi (2007) alude al dinamismo transformador de la esperanza. Se refiere con ello al evangelio que transforma la vida («quien tiene esperanza vive de otra manera»).
Su condición «performativa» tiene que ver con una nueva configuración de la existencia presente y con la apertura hacia un futuro en el que vivir una vida verdadera, en plenitud.
La esperanza cristiana ilumina, sostiene y fundamenta las esperanzas humanas. Es la gran esperanza en el Dios de Jesucristo, que implica el triunfo sobre la muerte; es la esperanza en un Dios que resucita a los muertos y garantiza una vida eterna, en plenitud.
EL JUBILEO DE LA ESPERANZA
Enlazando con esta comprensión cristiana de la esperanza, el Papa Francisco acaba de convocar el Jubileo del año 2025 bajo el lema paulino Spes non deludit (Bula, 9.05.24) invitando a avivar la esperanza y a ser signos de esperanza: «En el Año jubilar estamos llamados a ser signos tangibles de esperanza para tantos hermanos y hermanas que viven en condiciones de penuria» (n. 10). «La esperanza, junto con la fe y la caridad, forman el tríptico de las virtudes teologales, que expresan la esencia de la vida cristiana. En su dinamismo inseparable, la esperanza es la que, por así decirlo, señala la orientación, indica la dirección y la finalidad de la existencia cristiana» (n. 18).
EXHORTACIÓN FINAL
«Debemos mantener encendida la llama de la esperanza que nos ha sido dada, y hacer todo lo posible para que cada uno recupere la fuerza y la certeza de mirar al futuro con mente abierta, corazón confiado y amplitud de miras. El próximo Jubileo puede ayudar mucho a restablecer un clima de esperanza y confianza, como signo de un nuevo renacimiento que todos percibimos como urgente» (Carta, 11.02.22).
El Jubileo ha sido siempre un acontecimiento de gran importancia espiritual, eclesial y social en la vida de la Iglesia. «Ahora que nos acercamos a los primeros veinticinco años del siglo XXI, estamos llamados a poner en marcha una preparación que permita al pueblo cristiano vivir el Año Santo en todo su significado pastoral» (Ib.).




















































