La intención de este mes es orar por el Papa, el Vicario de Cristo, el sucesor de Pedro, el Pastor de la Iglesia universal, para que siga desempeñando su misión apostólica acompañando e impulsando la fe y el espíritu misionero del pueblo de Dios, bajo la moción y ayuda del Espíritu Santo, que ha sido derramado en nuestros corazones y particularmente sobre su Pontificado, produciendo frutos abundantes de santificación, de renovación eclesial, pastoral y misionera.
Nosotros queremos responder a este ruego del Papa no solo haciendo nuestra esta intención misionera, sino haciéndonos eco de sus mismas palabras sobre la oración, que resuenan en sus catequesis, en sus encíclicas o en sus exhortaciones apostólicas. Entre éstas escogemos su exhortación apostólica Gaudete et exultate (2018), que traza el camino hacia la santidad en nuestra condición actual, acercando la santidad a nuestra vida ordinaria, como refleja su afirmación del «santo de la puerta de al lado».
En este camino de santidad la oración ocupa un puesto central, como apertura a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración:
«El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor» (n. 147).
Toda la vida, vivida en la presencia de Dios, es oración. No obstante, para que esto sea posible, también son necesarios algunos momentos solo para Dios, en soledad con él. Para santa Teresa de Ávila la oración es «tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama» (Vida 8,5). Todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada. «En ese silencio es posible discernir, a la luz del Espíritu, los caminos de santidad que el Señor nos propone. De otro modo, todas nuestras decisiones podrán ser solamente ‘decoraciones’ que, en lugar de exaltar el Evangelio en nuestras vidas, lo recubrirán o lo ahogarán. Para todo discípulo es indispensable estar con el Maestro» (n. 150).
Pero no hay que entender el silencio orante como una evasión que niega el mundo que nos rodea. Tampoco la historia desaparece, porque la oración se alimenta del don de Dios derramado en nuestra vida, pues Dios se ha hecho historia humana. Por eso la oración está tejida de recuerdos de la Palabra revelada, de la propia vida y de la vida de los demás.
La persona orante tiene el corazón lleno de nombres; y entre ellos están las necesidades de la Iglesia y del Papa. Orar por el Papa es la mejor manera no solo de responder a esta intención misionera, sino que esta oración nos hace realmente personas orantes en la Iglesia, imitando la vocación de Teresa de Lisieux: «en el corazón de mi Madre la Iglesia yo seré el amor».





















































