

La familia es uno de los temas principales que el Papa Francisco trata en sus discursos. La importancia de la familia en la transmisión de la fe, en la construcción de una sociedad justa, en el mantenimiento de la paz y en el desarrollo de la vida de la Iglesia son una constante en sus alocuciones, homilías y discursos.
A la familia ha dedicado también su Exhortación Apostólica Amoris Laetitia sobre el amor en la familia (19.03.16), de la que se ha ocupado ya nuestra revista. Aquí vamos a centrar nuestra atención en los dos aspectos señalados por la intención misionera: la gratuidad del amor y la santidad en la vida cotidiana.
LA GRATUIDAD DEL AMOR
Saberse y sentirse amados es una condición previa para amar. Quien no se siente amado es imposible que ame. El amor brota de la gratuidad del amor; no se compra ni se vende, se dona gratuitamente. Todos somos gratuitamente amados por Dios. Él nos amó primero (1Jn 4,10). Aquí está la raíz de nuestro amor mutuo y del amor en la familia entre esposos, padres e hijos.
El amor no se impone, no es un precepto; es la fuerza del Espíritu que Dios derrama generosamente en nuestros corazones (Rm 5,5). Es el dinamismo que nos capacita, para amar. Por eso el amor no se cansa, todo lo acoge, todo lo trasciende, todo lo perdona (1Cor 13). Quien no perdona no ama. El amor es perdón, que todo lo exculpa; si Dios nos ha perdonado también nosotros tenemos que perdonarnos unos a otros (Mt 18).
El perdón forma parte de la convivencia humana, porque somos pobres y limitados, amamos desde nuestra fragilidad. Pero es ahí donde se muestra la gracia y la fuerza de Dios (2Cor 12).
No obstante, la realidad humana y familiar es rica también en dones de gracia y de amor, que forman parte del tejido más hondo de la humanidad y de la familia. Es este amor el que hay que cultivar, luchando contra la dictadura del «yo», saliendo de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, para preservar la armonía familiar:
LA SANTIDAD EN LA VIDA COTIDIANA
La santidad de la familia, como la santidad cristiana, se basa en el amor y en el respeto mutuo, en las situaciones cotidianas de la vida. Dentro de la familia está llena de detalles. «En el camino familiar se comparten tantos momentos inolvidables: las comidas, el descanso, las tareas de la casa, la diversión, la oración, las excursiones y peregrinaciones, la solidaridad con los necesitados… Sin embargo, si falta el amor, falta la alegría, y el amor auténtico nos lo da Jesús».
Una de las situaciones concretas que ha marcado la familia es la pandemia, que ha puesto al descubierto muchas de nuestras fragilidades, pero también muchas de nuestras oportunidades. Resumimos el pensamiento del Papa en su carta a los matrimonios con motivo del año de la familia (2021).
• En este tiempo de pandemia que han vivido las familias, aumentó el tiempo de estar juntos, y esto ha sido una oportunidad única para cultivar el diálogo en familia, que no es fácil cultivar cuando en la misma casa se tiene que trabajar, estudiar, recrearse y descansar. No avergonzarse de arrodillarse juntos ante Jesús en la Eucaristía para encontrar momentos de paz y una mirada mutua hecha de ternura y bondad.
• Sin embargo, para algunos matrimonios la convivencia a la que se han visto forzados durante la cuarentena ha sido especialmente difícil. Los problemas que ya existían se agravaron, generando conflictos que muchas veces se han vuelto casi insoportables.
• Termina el Papa invitando a las familias a apoyarse en sus propias familias y en sus amistades, en la comunidad eclesial, para vivir la vida conyugal y familiar aprendiendo de aquellos que ya han transitado el camino. La familia no puede prescindir de los abuelos, ellos son la memoria viviente de la humanidad, «esta memoria puede ayudar a construir un mundo más humano, más acogedor» (31.05.21).
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La familia es uno de los temas principales que el Papa Francisco trata en sus discursos. La importancia de la familia en la transmisión de la fe, en la construcción de una sociedad justa, en el mantenimiento de la paz y en el desarrollo de la vida de la Iglesia son una constante en sus alocuciones, homilías y discursos.
A la familia ha dedicado también su Exhortación Apostólica Amoris Laetitia sobre el amor en la familia (19.03.16), de la que se ha ocupado ya nuestra revista. Aquí vamos a centrar nuestra atención en los dos aspectos señalados por la intención misionera: la gratuidad del amor y la santidad en la vida cotidiana.
LA GRATUIDAD DEL AMOR
Saberse y sentirse amados es una condición previa para amar. Quien no se siente amado es imposible que ame. El amor brota de la gratuidad del amor; no se compra ni se vende, se dona gratuitamente. Todos somos gratuitamente amados por Dios. Él nos amó primero (1Jn 4,10). Aquí está la raíz de nuestro amor mutuo y del amor en la familia entre esposos, padres e hijos.
El amor no se impone, no es un precepto; es la fuerza del Espíritu que Dios derrama generosamente en nuestros corazones (Rm 5,5). Es el dinamismo que nos capacita, para amar. Por eso el amor no se cansa, todo lo acoge, todo lo trasciende, todo lo perdona (1Cor 13). Quien no perdona no ama. El amor es perdón, que todo lo exculpa; si Dios nos ha perdonado también nosotros tenemos que perdonarnos unos a otros (Mt 18).
El perdón forma parte de la convivencia humana, porque somos pobres y limitados, amamos desde nuestra fragilidad. Pero es ahí donde se muestra la gracia y la fuerza de Dios (2Cor 12).
No obstante, la realidad humana y familiar es rica también en dones de gracia y de amor, que forman parte del tejido más hondo de la humanidad y de la familia. Es este amor el que hay que cultivar, luchando contra la dictadura del «yo», saliendo de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, para preservar la armonía familiar:
LA SANTIDAD EN LA VIDA COTIDIANA
La santidad de la familia, como la santidad cristiana, se basa en el amor y en el respeto mutuo, en las situaciones cotidianas de la vida. Dentro de la familia está llena de detalles. «En el camino familiar se comparten tantos momentos inolvidables: las comidas, el descanso, las tareas de la casa, la diversión, la oración, las excursiones y peregrinaciones, la solidaridad con los necesitados… Sin embargo, si falta el amor, falta la alegría, y el amor auténtico nos lo da Jesús».
Una de las situaciones concretas que ha marcado la familia es la pandemia, que ha puesto al descubierto muchas de nuestras fragilidades, pero también muchas de nuestras oportunidades. Resumimos el pensamiento del Papa en su carta a los matrimonios con motivo del año de la familia (2021).
• En este tiempo de pandemia que han vivido las familias, aumentó el tiempo de estar juntos, y esto ha sido una oportunidad única para cultivar el diálogo en familia, que no es fácil cultivar cuando en la misma casa se tiene que trabajar, estudiar, recrearse y descansar. No avergonzarse de arrodillarse juntos ante Jesús en la Eucaristía para encontrar momentos de paz y una mirada mutua hecha de ternura y bondad.
• Sin embargo, para algunos matrimonios la convivencia a la que se han visto forzados durante la cuarentena ha sido especialmente difícil. Los problemas que ya existían se agravaron, generando conflictos que muchas veces se han vuelto casi insoportables.
• Termina el Papa invitando a las familias a apoyarse en sus propias familias y en sus amistades, en la comunidad eclesial, para vivir la vida conyugal y familiar aprendiendo de aquellos que ya han transitado el camino. La familia no puede prescindir de los abuelos, ellos son la memoria viviente de la humanidad, «esta memoria puede ayudar a construir un mundo más humano, más acogedor» (31.05.21).