Hechos los cimientos, se han levantado las paredes de los espacios de la planta baja (refectorio, cocina, sala de conferencias, biblioteca, salas del capítulo y de la recreación, locutorios, habitaciones de los huéspedes…) y, precisamente en estos días, hemos llegado finalmente al primer piso desde el que se goza un panorama bellísimo sobre el río Oubangui y las colinas del Congo… y asimismo una ligera brisa que, desde estas partes, es muy apreciada.
En estos meses muchos amigos han venido a visitar la obra. Hemos tenido visitantes importantes como el Nuncio Apostólico en Bangui y el Embajador italiano de Yaundé que nos han animado a continuar la obra emprendida que seguramente ofrecerá una gran aportación al desarrollo del país y de la Iglesia centroafricana.
En la obra no han faltado dificultades, discusiones, imprevistos y, como es normal, algunas pequeñas variaciones en el proyecto. Por desgracia, justamente en estos últimos días, nos hemos visto obligados a ralentizar el ritmo de los trabajos causa del imprevisto aumento de los precios de las materias primas como el cemento y el hierro. Estos materiales en Centro África, un país que tiene poquísimas industrias y ninguna salida al mar, son todas por desgracia importadas y por ello las variaciones del precio son frecuentes. En Bangui, por ejemplo, un saco de cemento puede costar tres o cuatro veces más respecto a otras capitales africanas.
Me gustaría agradecer a todos los que han recogido nuestra llamada y con gran generosidad han querido ayudarnos o han prometido hacerlo. ¡Gracias, muchísimas gracias! Con vuestra ayuda el sueño finalmente se está convirtiendo en realidad. El Señor os bendiga y os recompense. Sin vosotros, la realización de esta obra sería simplemente impensable.
Y luego, muchas gracias a mis hermanos de hábito P. Anastasio; P. David y sobre todo P. Aurelio por la pasión, el trabajo y el tiempo que dedican a esta gran obra.
Cuando visito la obra me imagino ya la vida que se llevará a cabo entre estos muros: el canto y el silencio de nuestra oración, la fraternidad de nuestras comidas, el sonido de nuestras recreaciones, el estudio de nuestros seminaristas, la alegría al acoger a nuestros huéspedes. Y ruego por quien está construyendo este convento, por quien nos está ayudando a construirlo, por quién lo habitará, por quien estará entre estos muros y, esperamos, que encontrará a Dios o, al menos, un poco de tiempo para él.
Ya casi vamos por la mitad. Delante de nosotros hay un pedazo de carretera todo en subida y no sin obstáculos. Pero, confiando en la Providencia y en vuestra ayuda, no nos desanimamos y seguimos adelante…








