

Existe en nuestra sociedad una creciente preocupación por ayudar a las personas con discapacidad, que tienen impedida o entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales por alteración de sus funciones intelectuales o físicas.
Son muchas las instituciones y ONG que trabajan en este campo con abnegada entrega, facilitando la superación de sus limitaciones y promoviendo el desarrollo de sus múltiples facultades. También los creyentes están llamados a participar, y tal vez con motivaciones más hondas, en este compromiso y en esta noble tarea, ejerciendo así su labor samaritana. El papa Francisco quiere compartir esta preocupación con los cristianos confiándoles la intención misionera de este mes sobre las personas con discapacidad.
Pide que estas personas estén en el centro de atención de la sociedad y que se promuevan programas de inclusión que potencien su participación. Y da alguna pista operativa, como la fraternidad de las comunidades cristianas, capaces de transformar la indiferencia en una verdadera proximidad.
En su discurso, con motivo del Dia Internacional de las Personas con Discapacidad (03.12.22), manifiesta su deseo de que «todas las comunidades cristianas sean lugares donde la pertenencia y la inclusión no sean palabras que se pronuncian en ciertas ocasiones, sino que se conviertan en un objetivo de la acción pastoral ordinaria».
Esta tarea tiene raíces más profundas, como son el reconocimiento de la dignidad de los más frágiles: «promover el reconocimiento de la dignidad de toda persona es una responsabilidad constante de la Iglesia; es la misión de continuar en el tiempo la cercanía de Jesucristo a todo hombre y a toda mujer, especialmente a los más frágiles y vulnerables».
El cometido de la comunidad cristiana es transformar la indiferencia en proximidad: «Cada vez que la comunidad cristiana transforma la indiferencia en proximidad -esta es una verdadera conversión: transformar la indiferencia en proximidad y en cercanía- cada vez que la Iglesia hace esto va más allá, cumple su misión profética». En efecto, no basta con defender los derechos de las personas, sino que hay que esforzarse por responder a sus necesidades existenciales, en las diferentes dimensiones, corporal, psíquica, social y espiritual.
El Santo Padre subraya cómo todo hombre y toda mujer, en cualquier condición en la que se encuentre, «es portador no sólo de derechos que deben ser reconocidos y garantizados, sino también de instancias aún más profundas, como la necesidad de pertenecer, relacionarse y cultivar la vida espiritual hasta experimentar la plenitud y bendecir al Señor por este don irrepetible y maravilloso». «Generar y mantener comunidades inclusivas significa, eliminar toda discriminación y satisfacer concretamente la necesidad de cada persona de sentirse reconocida y de sentirse parte».
Y cita un texto de San Juan Pablo II: Acoger a las personas con discapacidad y responder a sus necesidades es un deber de la comunidad civil y de la eclesial, porque la persona humana, aunque se encuentre debilitada en la mente o en sus capacidades sensoriales e intelectivas, es un sujeto plenamente humano, con los derechos sagrados e inalienables propios de toda criatura humana.
Discurso a los participantes del Simposio «Dignidad y derechos de la persona con discapacidad» (8 de enero de 2004)… ver
Insistiendo en la necesidad de la inclusión de estas personas y la experiencia de fraternidad, el papa Francisco afirma: No hay inclusión, de hecho, si falta la experiencia de la fraternidad y de la comunión mutua. No hay inclusión si ésta queda como un eslogan, una fórmula para usar en discursos políticamente correctos, una bandera de la cual apropiarse. No hay inclusión si falta una conversión en las prácticas de la convivencia y de las relaciones. Es un deber garantizar a las personas con discapacidad el acceso a los edificios y a los lugares de encuentro, hacer accesibles los lenguajes y superar barreras físicas y prejuicios.
El Papa ahonda más en esta realidad y asegura que esto no es suficiente, sino que es «necesario promover una espiritualidad de comunión, para que cada uno se sienta parte de un cuerpo, con su irrepetible personalidad. Sólo así cada persona, con sus límites y dones, se sentirá animada a hacer su parte para el bien de todo el cuerpo eclesial y de la sociedad».
Esta atención a las personas con discapacidad la propone, en fin, como un signo de paz en medio de los estampidos de los cañones de guerra: «En este tiempo, en el que escuchamos cotidianamente boletines de guerra, vuestro testimonio es un signo concreto de paz, un signo de esperanza para un mundo más humano y fraterno, para todos».
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Existe en nuestra sociedad una creciente preocupación por ayudar a las personas con discapacidad, que tienen impedida o entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales por alteración de sus funciones intelectuales o físicas.
Son muchas las instituciones y ONG que trabajan en este campo con abnegada entrega, facilitando la superación de sus limitaciones y promoviendo el desarrollo de sus múltiples facultades. También los creyentes están llamados a participar, y tal vez con motivaciones más hondas, en este compromiso y en esta noble tarea, ejerciendo así su labor samaritana. El papa Francisco quiere compartir esta preocupación con los cristianos confiándoles la intención misionera de este mes sobre las personas con discapacidad.
Pide que estas personas estén en el centro de atención de la sociedad y que se promuevan programas de inclusión que potencien su participación. Y da alguna pista operativa, como la fraternidad de las comunidades cristianas, capaces de transformar la indiferencia en una verdadera proximidad.
En su discurso, con motivo del Dia Internacional de las Personas con Discapacidad (03.12.22), manifiesta su deseo de que «todas las comunidades cristianas sean lugares donde la pertenencia y la inclusión no sean palabras que se pronuncian en ciertas ocasiones, sino que se conviertan en un objetivo de la acción pastoral ordinaria».
Esta tarea tiene raíces más profundas, como son el reconocimiento de la dignidad de los más frágiles: «promover el reconocimiento de la dignidad de toda persona es una responsabilidad constante de la Iglesia; es la misión de continuar en el tiempo la cercanía de Jesucristo a todo hombre y a toda mujer, especialmente a los más frágiles y vulnerables».
El cometido de la comunidad cristiana es transformar la indiferencia en proximidad: «Cada vez que la comunidad cristiana transforma la indiferencia en proximidad -esta es una verdadera conversión: transformar la indiferencia en proximidad y en cercanía- cada vez que la Iglesia hace esto va más allá, cumple su misión profética». En efecto, no basta con defender los derechos de las personas, sino que hay que esforzarse por responder a sus necesidades existenciales, en las diferentes dimensiones, corporal, psíquica, social y espiritual.
El Santo Padre subraya cómo todo hombre y toda mujer, en cualquier condición en la que se encuentre, «es portador no sólo de derechos que deben ser reconocidos y garantizados, sino también de instancias aún más profundas, como la necesidad de pertenecer, relacionarse y cultivar la vida espiritual hasta experimentar la plenitud y bendecir al Señor por este don irrepetible y maravilloso». «Generar y mantener comunidades inclusivas significa, eliminar toda discriminación y satisfacer concretamente la necesidad de cada persona de sentirse reconocida y de sentirse parte».
Y cita un texto de San Juan Pablo II: Acoger a las personas con discapacidad y responder a sus necesidades es un deber de la comunidad civil y de la eclesial, porque la persona humana, aunque se encuentre debilitada en la mente o en sus capacidades sensoriales e intelectivas, es un sujeto plenamente humano, con los derechos sagrados e inalienables propios de toda criatura humana.
Discurso a los participantes del Simposio «Dignidad y derechos de la persona con discapacidad» (8 de enero de 2004)… ver
Insistiendo en la necesidad de la inclusión de estas personas y la experiencia de fraternidad, el papa Francisco afirma: No hay inclusión, de hecho, si falta la experiencia de la fraternidad y de la comunión mutua. No hay inclusión si ésta queda como un eslogan, una fórmula para usar en discursos políticamente correctos, una bandera de la cual apropiarse. No hay inclusión si falta una conversión en las prácticas de la convivencia y de las relaciones. Es un deber garantizar a las personas con discapacidad el acceso a los edificios y a los lugares de encuentro, hacer accesibles los lenguajes y superar barreras físicas y prejuicios.
El Papa ahonda más en esta realidad y asegura que esto no es suficiente, sino que es «necesario promover una espiritualidad de comunión, para que cada uno se sienta parte de un cuerpo, con su irrepetible personalidad. Sólo así cada persona, con sus límites y dones, se sentirá animada a hacer su parte para el bien de todo el cuerpo eclesial y de la sociedad».
Esta atención a las personas con discapacidad la propone, en fin, como un signo de paz en medio de los estampidos de los cañones de guerra: «En este tiempo, en el que escuchamos cotidianamente boletines de guerra, vuestro testimonio es un signo concreto de paz, un signo de esperanza para un mundo más humano y fraterno, para todos».