

Coincidiendo con la celebración cuaresmal el papa Francisco, como todos sus predecesores, invita a todos los fieles a la celebración gozosa del sacramento de la penitencia. Él mismo participa personalmente en la celebración penitencial de la jornada «24 Horas para el Señor», iniciativa inaugurada hace seis años para toda la Iglesia.
En este comentario quiero hacerme eco de algunas de sus reflexiones sobre el sentido del sacramento de la reconciliación, «para saborear la infinita misericordia de Dios». Destaco particularmente tres aspectos, al hilo de dos de sus intervenciones (14.02.2014 y 29.03,2019).
Experiencia de amor
El sacramento de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual, cuando, en la misma tarde de Pascua el Señor se aparece a los discípulos, en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23).
Jesucristo, médico de las almas y de los cuerpos, transmite a los apóstoles esta misión, expresión del amor infinito y misericordioso de Dios, que abraza al pecador y recrea en él una vida nueva. El Papa evoca dos imágenes evangélicas muy elocuentes: la parábola del hijo pródigo y el encuentro con la mujer acusada de adulterio.
«Celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre». Cuando el hijo pródigo regresó a casa, «la sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta».
Jesús, encarnación de la misericordia infinita de Dios y que no ha venido para condenar sino para salvar, manifiesta la misma actitud de amor misericordioso hacia la mujer del Evangelio. Se fueron todos los que habían venido para arrojar piedras contra ella y «quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia» (San Agustín).
«También nosotros vivimos hoy en la confesión este encuentro de salvación: nosotros, con nuestras miserias y nuestro pecado; el Señor, que nos conoce, nos ama y nos libera del mal». Y es que, para Jesús, antes que el pecado está el pecador: «Pidamos la gracia de una mirada semejante a la de Jesús, pidamos tener el enfoque cristiano de la vida, donde antes que el pecado veamos con amor al pecador, antes que los errores a quien se equivoca, antes que la historia a la persona». Y concluye el Papa: «El centro de la confesión es el amor que recibimos»; un amor que hace nuevas todas las cosas, que brota de la mirada amorosa de Dios: «El mirar de Dios es amar» (San Juan de la Cruz).
Experiencia de perdón
La experiencia de amor va unida a la experiencia del perdón. Quien se siente amado se siente perdonado: «El perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón es un regalo, un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado».
El perdón lo recibimos sacramentalmente a través del sacerdote: «Recibir el perdón de los pecados a través del sacerdote es una experiencia siempre nueva, original e inimitable. Nos hace pasar de estar solos con nuestras miserias y nuestros acusadores, como la mujer del Evangelio, a sentirnos liberados y animados por el Señor, que nos hace empezar de nuevo». El sacramento de la penitencia es un auténtico tesoro, que en ocasiones corremos el peligro de olvidar.
Experiencia de reconciliación
Unida a la experiencia de amor y de perdón, está la experiencia de reconciliación: «Sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz […] Es la paz que sólo Jesús puede dar, sólo Él». Es la paz que nos llega a través del sacerdote, que actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia:
«En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana».
Finalmente, la confesión es el paso de la miseria a la misericordia: «Es Jesús quien, con la fuerza del Espíritu Santo, nos libra del mal que tenemos dentro, del pecado […] Sin la gracia de Dios no se puede vencer el mal: solo su amor nos conforta dentro, solo su ternura derramada en el corazón nos hace libres. Si queremos la liberación del mal hay que dejar actuar al Señor, que perdona y sana».
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Coincidiendo con la celebración cuaresmal el papa Francisco, como todos sus predecesores, invita a todos los fieles a la celebración gozosa del sacramento de la penitencia. Él mismo participa personalmente en la celebración penitencial de la jornada «24 Horas para el Señor», iniciativa inaugurada hace seis años para toda la Iglesia.
En este comentario quiero hacerme eco de algunas de sus reflexiones sobre el sentido del sacramento de la reconciliación, «para saborear la infinita misericordia de Dios». Destaco particularmente tres aspectos, al hilo de dos de sus intervenciones (14.02.2014 y 29.03,2019).
Experiencia de amor
El sacramento de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual, cuando, en la misma tarde de Pascua el Señor se aparece a los discípulos, en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23).
Jesucristo, médico de las almas y de los cuerpos, transmite a los apóstoles esta misión, expresión del amor infinito y misericordioso de Dios, que abraza al pecador y recrea en él una vida nueva. El Papa evoca dos imágenes evangélicas muy elocuentes: la parábola del hijo pródigo y el encuentro con la mujer acusada de adulterio.
«Celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre». Cuando el hijo pródigo regresó a casa, «la sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta».
Jesús, encarnación de la misericordia infinita de Dios y que no ha venido para condenar sino para salvar, manifiesta la misma actitud de amor misericordioso hacia la mujer del Evangelio. Se fueron todos los que habían venido para arrojar piedras contra ella y «quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia» (San Agustín).
«También nosotros vivimos hoy en la confesión este encuentro de salvación: nosotros, con nuestras miserias y nuestro pecado; el Señor, que nos conoce, nos ama y nos libera del mal». Y es que, para Jesús, antes que el pecado está el pecador: «Pidamos la gracia de una mirada semejante a la de Jesús, pidamos tener el enfoque cristiano de la vida, donde antes que el pecado veamos con amor al pecador, antes que los errores a quien se equivoca, antes que la historia a la persona». Y concluye el Papa: «El centro de la confesión es el amor que recibimos»; un amor que hace nuevas todas las cosas, que brota de la mirada amorosa de Dios: «El mirar de Dios es amar» (San Juan de la Cruz).
Experiencia de perdón
La experiencia de amor va unida a la experiencia del perdón. Quien se siente amado se siente perdonado: «El perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón es un regalo, un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado».
El perdón lo recibimos sacramentalmente a través del sacerdote: «Recibir el perdón de los pecados a través del sacerdote es una experiencia siempre nueva, original e inimitable. Nos hace pasar de estar solos con nuestras miserias y nuestros acusadores, como la mujer del Evangelio, a sentirnos liberados y animados por el Señor, que nos hace empezar de nuevo». El sacramento de la penitencia es un auténtico tesoro, que en ocasiones corremos el peligro de olvidar.
Experiencia de reconciliación
Unida a la experiencia de amor y de perdón, está la experiencia de reconciliación: «Sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz […] Es la paz que sólo Jesús puede dar, sólo Él». Es la paz que nos llega a través del sacerdote, que actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia:
«En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana».
Finalmente, la confesión es el paso de la miseria a la misericordia: «Es Jesús quien, con la fuerza del Espíritu Santo, nos libra del mal que tenemos dentro, del pecado […] Sin la gracia de Dios no se puede vencer el mal: solo su amor nos conforta dentro, solo su ternura derramada en el corazón nos hace libres. Si queremos la liberación del mal hay que dejar actuar al Señor, que perdona y sana».