

El Papa Francisco pide rezar para que la Iglesia «siga apoyando por todos los medios un estilo de vida sinodal, bajo el signo de la corresponsabilidad, promoviendo la participación, la comunión y la misión compartida entre sacerdotes, religiosos y laicos».
Es una invitación a abrir nuestros corazones a la presencia transformadora de Cristo y a compartir el don de la fe con alegría y generosidad. El Papa nos recuerda que la misión no es un empeño aislado, sino un camino comunitario, en el que cada miembro de la Iglesia está llamado a aportar sus dones y su disponibilidad.
Comentando el relato evangélico de los dos discípulos de Emaús (Lc. 24,13-35), destaca la transformación de aquellos discípulos, confundidos y desilusionados: «El encuentro de Cristo en la Palabra y en el Pan partido encendió su entusiasmo para volver a ponerse en camino hacia Jerusalén y anunciar que el Señor había resucitado verdaderamente».
Sus corazones arden cuando Jesús explica las Escrituras, sus ojos se abren al reconocerlo y se ponen en camino:
Resumimos los tres pasos que trazan el itinerario misionero:
1, Corazones que ardían «mientras nos explicaba las Escrituras». En la misión, la Palabra de Dios ilumina y trasforma el corazón. Hoy como entonces, el Señor resucitado es cercano a sus discípulos misioneros y camina con ellos, especialmente cuando se sienten perdidos, desanimados, amedrentados ante el misterio de la iniquidad. Por ello, «¡no nos dejemos robar la esperanza!» (EG 86) ante los obstáculos que encontramos en el anuncio del Evangelio.
2. Ojos que «se abrieron y lo reconocieron» al partir el pan. Jesús en la Eucaristía es el culmen y la fuente de la misión. Pero precisamente en el momento en el que reconocen a Jesús como Aquel que parte el pan, Él había desaparecido de su vista. Se hizo invisible, porque ahora ha entrado dentro de los corazones de los discípulos para encenderlos todavía más, impulsándolos a retomar el camino sin demora, para comunicar a todos la experiencia única del encuentro con el Resucitado en el partir el pan. Cristo resucitado es Aquel que parte el pan y al mismo tiempo es el Pan partido para nosotros. Y, por eso, cada discípulo misionero está llamado a ser, como Jesús y en Él, gracias a la acción del Espíritu Santo, aquel que parte el pan y aquel que es pan partido para el mundo. A este respecto, es necesario recordar que un simple partir el pan material con los hambrientos en el nombre de Cristo es ya un acto cristiano misionero. Con mayor razón, partir el Pan eucarístico, que es Cristo mismo, es la acción misionera por excelencia, porque la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia.
3. Pies que «se ponen en camino», con la alegría de anunciar a Cristo Resucitado. La eterna juventud de una Iglesia siempre en salida. Después de que se les abrieron los ojos, reconociendo a Jesús al partir el pan, los discípulos, sin demora, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Este ir de prisa, para compartir con los demás la alegría del encuentro con el Señor, manifiesta que «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (EG 1).
El Papa concluye que no es posible encontrar verdaderamente a Jesús resucitado sin sentirse impulsados por el deseo de comunicarlo a todos, como fuego que arde en el corazón y como luz que ilumina la mirada; la vida no muere más, incluso en las situaciones más difíciles y en los momentos más oscuros. Hoy más que nunca la humanidad, herida por tantas injusticias, divisiones y guerras, necesita la Buena Noticia de la paz y de la salvación en Cristo.
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El Papa Francisco pide rezar para que la Iglesia «siga apoyando por todos los medios un estilo de vida sinodal, bajo el signo de la corresponsabilidad, promoviendo la participación, la comunión y la misión compartida entre sacerdotes, religiosos y laicos».
Es una invitación a abrir nuestros corazones a la presencia transformadora de Cristo y a compartir el don de la fe con alegría y generosidad. El Papa nos recuerda que la misión no es un empeño aislado, sino un camino comunitario, en el que cada miembro de la Iglesia está llamado a aportar sus dones y su disponibilidad.
Comentando el relato evangélico de los dos discípulos de Emaús (Lc. 24,13-35), destaca la transformación de aquellos discípulos, confundidos y desilusionados: «El encuentro de Cristo en la Palabra y en el Pan partido encendió su entusiasmo para volver a ponerse en camino hacia Jerusalén y anunciar que el Señor había resucitado verdaderamente».
Sus corazones arden cuando Jesús explica las Escrituras, sus ojos se abren al reconocerlo y se ponen en camino:
Resumimos los tres pasos que trazan el itinerario misionero:
1, Corazones que ardían «mientras nos explicaba las Escrituras». En la misión, la Palabra de Dios ilumina y trasforma el corazón. Hoy como entonces, el Señor resucitado es cercano a sus discípulos misioneros y camina con ellos, especialmente cuando se sienten perdidos, desanimados, amedrentados ante el misterio de la iniquidad. Por ello, «¡no nos dejemos robar la esperanza!» (EG 86) ante los obstáculos que encontramos en el anuncio del Evangelio.
2. Ojos que «se abrieron y lo reconocieron» al partir el pan. Jesús en la Eucaristía es el culmen y la fuente de la misión. Pero precisamente en el momento en el que reconocen a Jesús como Aquel que parte el pan, Él había desaparecido de su vista. Se hizo invisible, porque ahora ha entrado dentro de los corazones de los discípulos para encenderlos todavía más, impulsándolos a retomar el camino sin demora, para comunicar a todos la experiencia única del encuentro con el Resucitado en el partir el pan. Cristo resucitado es Aquel que parte el pan y al mismo tiempo es el Pan partido para nosotros. Y, por eso, cada discípulo misionero está llamado a ser, como Jesús y en Él, gracias a la acción del Espíritu Santo, aquel que parte el pan y aquel que es pan partido para el mundo. A este respecto, es necesario recordar que un simple partir el pan material con los hambrientos en el nombre de Cristo es ya un acto cristiano misionero. Con mayor razón, partir el Pan eucarístico, que es Cristo mismo, es la acción misionera por excelencia, porque la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia.
3. Pies que «se ponen en camino», con la alegría de anunciar a Cristo Resucitado. La eterna juventud de una Iglesia siempre en salida. Después de que se les abrieron los ojos, reconociendo a Jesús al partir el pan, los discípulos, sin demora, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Este ir de prisa, para compartir con los demás la alegría del encuentro con el Señor, manifiesta que «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (EG 1).
El Papa concluye que no es posible encontrar verdaderamente a Jesús resucitado sin sentirse impulsados por el deseo de comunicarlo a todos, como fuego que arde en el corazón y como luz que ilumina la mirada; la vida no muere más, incluso en las situaciones más difíciles y en los momentos más oscuros. Hoy más que nunca la humanidad, herida por tantas injusticias, divisiones y guerras, necesita la Buena Noticia de la paz y de la salvación en Cristo.