

La intención misionera del mes de marzo está relacionada con este hecho: para que quienes en diversas partes del mundo arriesgan su vida por el Evangelio contagien a la Iglesia su valentía y su impulso misionero.
La novedad de nuestro tiempo
A principios del siglo XX se pensaba que Dios había desparecido del mundo. La secularización parecía un proceso imparable. Y, sin embargo, precisamente por los grandes sufrimientos del siglo XX, un gran número de hombres y mujeres han retenido la fe como más importante que la misma vida. En cierto sentido se puede decir que han salvado la fe y han dado lugar a una lectura más profunda del Evangelio.
La carta del Papa se hace eco de los innumerables mártires del siglo XX que han dado testimonio de su fe derramando su sangre por Cristo y por el Evangelio. Es un hecho histórico que no se puede ignorar, sino que hay que celebrar.
Al principio de nuestro siglo, en el Jubileo del año 2000, hubo una solemne y multitudinaria celebración en el Coliseo de Roma, donde tantos cristianos dieron testimonio de su fe cristiana. Esta celebración fue presidida por el papa Juan Pablo II. Ahora el papa Francisco, rememorando esta misma celebración, relanza esta iniciativa para reavivar la fe cristiana e impulsar la evangelización.
Con esta iniciativa no se pretende establecer nuevos criterios para la constatación canónica del martirio, sino continuar la búsqueda iniciada sobre aquellos que, a día de hoy, siguen siendo asesinados por el simple hecho de ser cristianos.
Se trata, por tanto, de continuar la investigación histórica para recoger los testimonios de vida, hasta el derramamiento de sangre, de estas hermanas y hermanos nuestros, para que su memoria sobresalga como un tesoro que custodia la comunidad cristiana.
Los mártires, testigos de la esperanza
Los mártires en la Iglesia son testigos de la esperanza que brota de la fe en Cristo e incita a la verdadera caridad. La esperanza mantiene viva la profunda convicción de que el bien es más fuerte que el mal, porque Dios en Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. La Comisión proseguirá la búsqueda, identificar a los testigos de la fe en este primer cuarto de siglo. Estos testigos están presentes en la vida de la Iglesia. Los mártires han acompañado la vida de la Iglesia en todos los tiempos y florecen como «frutos maduros y excelentes de la viña del Señor» también hoy… Los mártires son más numerosos en nuestro tiempo que en los primeros siglos: son obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, laicos y familias que, en los diversos países del mundo, con el don de su vida, han ofrecido la prueba suprema de la caridad.
Su fuerza evangelizadora
Los mártires, hombres y mujeres de todos los tiempos, nos recuerdan la verdad de las palabras de Tertuliano que escribía: Sanguis martyrum semen christianorum. La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.
La universalidad del martirio en la historia de la Iglesia es un hecho conmovedor. El mismo papa Francisco lo ha testimoniado en repetidas ocasiones. Hay más mártires en nuestro tiempo que en los comienzos del cristianismo. La experiencia de los mártires y de los testigos de la fe no es característica sólo de la Iglesia de los primeros tiempos, sino que marca también todas las épocas de su historia.
Cuántos cristianos, en todos los continentes, a lo largo del siglo XX, pagaron su amor a Cristo derramando también su sangre. Experimentaron el odio y la exclusión, la violencia y el asesinato. Pero su martirio no sólo tiene un significado evangélico sino también humanitario. Allí donde el odio parecía arruinar toda la vida sin la posibilidad de huir de su lógica, ellos manifestaron cómo el amor es más fuerte que la muerte.
En nuestros mártires se cumplen la verdad de las palabras de Jesús: El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna (Jn 12, 25). Se trata de una verdad que frecuentemente el mundo contemporáneo rechaza y desprecia, haciendo del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. Los mártires, como testigos de la fe, no buscaron su propio interés, su propio bienestar, la propia supervivencia, sino su fidelidad al Evangelio. En ellos resplandece la fuerza de la fe y de la gracia del Señor. Pero también la grandeza de la humanidad.
Ellos han retenido la fe como más importante que la misma vida. En cierto sentido se puede decir que han salvado la fe y han hecho una nueva lectura del Evangelio. Han intuido que el valor de la vida no está en su duración o en la magnitud de las empresas, sino en la donación: una vida vale tanto en cuanto se da. Ésta es la vida entregada que dieron nuestros mártires, y que es un estímulo para la vida de todo bautizado, entregada día a día en la fidelidad a Cristo, al Evangelio y al servicio misionero. Por eso la intención misionera invita a la oración a los nuevos mártires para que contagien a la Iglesia su valentía y su impulso misionero.
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La intención misionera del mes de marzo está relacionada con este hecho: para que quienes en diversas partes del mundo arriesgan su vida por el Evangelio contagien a la Iglesia su valentía y su impulso misionero.
La novedad de nuestro tiempo
A principios del siglo XX se pensaba que Dios había desparecido del mundo. La secularización parecía un proceso imparable. Y, sin embargo, precisamente por los grandes sufrimientos del siglo XX, un gran número de hombres y mujeres han retenido la fe como más importante que la misma vida. En cierto sentido se puede decir que han salvado la fe y han dado lugar a una lectura más profunda del Evangelio.
La carta del Papa se hace eco de los innumerables mártires del siglo XX que han dado testimonio de su fe derramando su sangre por Cristo y por el Evangelio. Es un hecho histórico que no se puede ignorar, sino que hay que celebrar.
Al principio de nuestro siglo, en el Jubileo del año 2000, hubo una solemne y multitudinaria celebración en el Coliseo de Roma, donde tantos cristianos dieron testimonio de su fe cristiana. Esta celebración fue presidida por el papa Juan Pablo II. Ahora el papa Francisco, rememorando esta misma celebración, relanza esta iniciativa para reavivar la fe cristiana e impulsar la evangelización.
Con esta iniciativa no se pretende establecer nuevos criterios para la constatación canónica del martirio, sino continuar la búsqueda iniciada sobre aquellos que, a día de hoy, siguen siendo asesinados por el simple hecho de ser cristianos.
Se trata, por tanto, de continuar la investigación histórica para recoger los testimonios de vida, hasta el derramamiento de sangre, de estas hermanas y hermanos nuestros, para que su memoria sobresalga como un tesoro que custodia la comunidad cristiana.
Los mártires, testigos de la esperanza
Los mártires en la Iglesia son testigos de la esperanza que brota de la fe en Cristo e incita a la verdadera caridad. La esperanza mantiene viva la profunda convicción de que el bien es más fuerte que el mal, porque Dios en Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. La Comisión proseguirá la búsqueda, identificar a los testigos de la fe en este primer cuarto de siglo. Estos testigos están presentes en la vida de la Iglesia. Los mártires han acompañado la vida de la Iglesia en todos los tiempos y florecen como «frutos maduros y excelentes de la viña del Señor» también hoy… Los mártires son más numerosos en nuestro tiempo que en los primeros siglos: son obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, laicos y familias que, en los diversos países del mundo, con el don de su vida, han ofrecido la prueba suprema de la caridad.
Su fuerza evangelizadora
Los mártires, hombres y mujeres de todos los tiempos, nos recuerdan la verdad de las palabras de Tertuliano que escribía: Sanguis martyrum semen christianorum. La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.
La universalidad del martirio en la historia de la Iglesia es un hecho conmovedor. El mismo papa Francisco lo ha testimoniado en repetidas ocasiones. Hay más mártires en nuestro tiempo que en los comienzos del cristianismo. La experiencia de los mártires y de los testigos de la fe no es característica sólo de la Iglesia de los primeros tiempos, sino que marca también todas las épocas de su historia.
Cuántos cristianos, en todos los continentes, a lo largo del siglo XX, pagaron su amor a Cristo derramando también su sangre. Experimentaron el odio y la exclusión, la violencia y el asesinato. Pero su martirio no sólo tiene un significado evangélico sino también humanitario. Allí donde el odio parecía arruinar toda la vida sin la posibilidad de huir de su lógica, ellos manifestaron cómo el amor es más fuerte que la muerte.
En nuestros mártires se cumplen la verdad de las palabras de Jesús: El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna (Jn 12, 25). Se trata de una verdad que frecuentemente el mundo contemporáneo rechaza y desprecia, haciendo del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. Los mártires, como testigos de la fe, no buscaron su propio interés, su propio bienestar, la propia supervivencia, sino su fidelidad al Evangelio. En ellos resplandece la fuerza de la fe y de la gracia del Señor. Pero también la grandeza de la humanidad.
Ellos han retenido la fe como más importante que la misma vida. En cierto sentido se puede decir que han salvado la fe y han hecho una nueva lectura del Evangelio. Han intuido que el valor de la vida no está en su duración o en la magnitud de las empresas, sino en la donación: una vida vale tanto en cuanto se da. Ésta es la vida entregada que dieron nuestros mártires, y que es un estímulo para la vida de todo bautizado, entregada día a día en la fidelidad a Cristo, al Evangelio y al servicio misionero. Por eso la intención misionera invita a la oración a los nuevos mártires para que contagien a la Iglesia su valentía y su impulso misionero.