

El tema de los carismas en la Iglesia ha hecho explosión en el Concilio Vaticano II, de la mano de los movimientos eclesiales y sobre todo del desarrollo de la doctrina del Espíritu Santo en la experiencia de la vida cristiana.
De hecho, los dos temas vienen conjuntamente tratados en el magisterio pontificio de las últimas décadas. Pero hasta ahora no había sido objeto de una intención misionera.
Con ello el Papa quiere llamar nuestra atención sobre el papel de los carismas en la Iglesia, como en la primitiva comunidad cristiana, considerando como un don los diferentes carismas, que enriquecen nuestra tradición religiosa. Destacamos a este propósito dos discursos, el primero pronunciado el día de Pentecostés (13.05.2013).
Diversidad-Unidad
«Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu», escribe el apóstol Pablo a los corintios; y continúa diciendo: «Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios». Diversidad-unidad: San Pablo insiste en juntar dos palabras que parecen contraponerse. Quiere indicarnos que el Espíritu Santo es la unidad que reúne a la diversidad; y que la Iglesia nació así: nosotros, diversos, unidos por el Espíritu Santo.
Con estas palabras, el Papa Francisco explicó en la homilía, en la misa por la celebración de la Solemnidad de Pentecostés, que así, como los apóstoles eran diversos entre ellos, sin embargo, formaron un solo pueblo: el pueblo de Dios, plasmado por el Espíritu, que entreteje la unidad con nuestra diversidad, y da armonía, porque el Espíritu, es armonía. El Espíritu es la unidad que reúne a la diversidad. Jesús no cambió a los apóstoles, no los uniformó, ni convirtió en ejemplares producidos en serie. Jesús dejó las diferencias que caracterizaban a cada uno de ellos: los pescadores, quien era gente sencilla, quien recaudador de impuestos.
Había dejado sus diferencias, y ahora, ungiéndolos con el Espíritu Santo, los une. La unión se realiza con la unción. En Pentecostés los Apóstoles comprendieron la fuerza unificadora del Espíritu.
Alcanzar la unidad por el Espíritu Santo
Hoy día a nosotros, en medio de nuestras diferencias de opinión, de elección, de sensibilidad, el Papa nos pide que no caigamos en la tentación de querer defender a capa y espada las propias ideas, considerándolas válidas para todos. Esta es una fe construida a nuestra imagen. La humanidad, dentro de las diferencias, alcanza la unidad por el Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo nos recuerda que, ante todo, somos hijos amados de Dios.
El secreto de la unidad: donarse
No se trata tanto de estructuras más eficientes, sino de una mirada espiritual que ve hermanos y hermanas mendigos de misericordia. El Espíritu nos ama y conoce el lugar que cada uno tiene en el conjunto: somos teselas irremplazables de un mosaico. El día de Pentecostés, en la primera obra de la Iglesia, los Apóstoles salen a proclamar el Evangelio, sin ninguna estrategia ni plan pastoral. Se lanzan corriendo riesgos, salen con el solo deseo que les anima: dar lo que han recibido. Porque es ese el secreto de la unidad y del Espíritu: donarse.
Examinar nuestro corazón
El Papa pide a cada uno de nosotros, que examinemos lo que nos impide darnos al otro, señalando los tres enemigos del don que tenemos dentro de nosotros: el narcisismo, que lleva a la idolatría de sí mismo; el victimismo, que se convierte en queja de todo; y el pesimismo de quien piensa que todo es inútil y que ya no hay esperanza. Por esta razón, necesitamos el Espíritu Santo, don de Dios que nos cura del narcisismo, del victimismo y del pesimismo.
Los carismas son un don
El Papa sigue ahondando en la naturaleza del carisma (1.11.2014). En el lenguaje común, cuando se habla de «carisma», se piensa a menudo en un talento, una habilidad natural. En la perspectiva cristiana, sin embargo, el carisma es mucho más que una cualidad personal: el carisma es una gracia, un don concedido por Dios Padre, a través de la acción del Espíritu Santo. Para ponerlo al servicio de toda la comunidad, para el bien de todos. El mismo Espíritu que da esta diferencia de carismas, construye la unidad de la Iglesia.
El papa Francisco, al hilo de estas reflexiones, cita a San Pablo (1 Cor 12) y recuerda el carisma de Teresa de Lisieux en la Iglesia: «Hoy la Iglesia festeja la conmemoración de santa Teresa del Niño Jesús. Esta santa, que murió a los 24 años y amaba mucho a la Iglesia, quería ser misionera, pero quería tener todos los carismas. Y rezando descubrió que su carisma era el amor. Y dijo esta hermosa frase: `En el corazón de la Iglesia yo seré el amor´. Y este carisma lo tenemos todos: la capacidad de amar. Pidamos hoy a santa Teresa del Niño Jesús esta capacidad de amar mucho a la Iglesia, de amarla mucho, y aceptar todos los carismas con este amor de hijos de la Iglesia».
Es el mejor colofón a la intención misionera de este mes y el mejor modo de iniciar este año nuevo con un espíritu renovador carismático.
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El tema de los carismas en la Iglesia ha hecho explosión en el Concilio Vaticano II, de la mano de los movimientos eclesiales y sobre todo del desarrollo de la doctrina del Espíritu Santo en la experiencia de la vida cristiana.
De hecho, los dos temas vienen conjuntamente tratados en el magisterio pontificio de las últimas décadas. Pero hasta ahora no había sido objeto de una intención misionera.
Con ello el Papa quiere llamar nuestra atención sobre el papel de los carismas en la Iglesia, como en la primitiva comunidad cristiana, considerando como un don los diferentes carismas, que enriquecen nuestra tradición religiosa. Destacamos a este propósito dos discursos, el primero pronunciado el día de Pentecostés (13.05.2013).
Diversidad-Unidad
«Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu», escribe el apóstol Pablo a los corintios; y continúa diciendo: «Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios». Diversidad-unidad: San Pablo insiste en juntar dos palabras que parecen contraponerse. Quiere indicarnos que el Espíritu Santo es la unidad que reúne a la diversidad; y que la Iglesia nació así: nosotros, diversos, unidos por el Espíritu Santo.
Con estas palabras, el Papa Francisco explicó en la homilía, en la misa por la celebración de la Solemnidad de Pentecostés, que así, como los apóstoles eran diversos entre ellos, sin embargo, formaron un solo pueblo: el pueblo de Dios, plasmado por el Espíritu, que entreteje la unidad con nuestra diversidad, y da armonía, porque el Espíritu, es armonía. El Espíritu es la unidad que reúne a la diversidad. Jesús no cambió a los apóstoles, no los uniformó, ni convirtió en ejemplares producidos en serie. Jesús dejó las diferencias que caracterizaban a cada uno de ellos: los pescadores, quien era gente sencilla, quien recaudador de impuestos.
Había dejado sus diferencias, y ahora, ungiéndolos con el Espíritu Santo, los une. La unión se realiza con la unción. En Pentecostés los Apóstoles comprendieron la fuerza unificadora del Espíritu.
Alcanzar la unidad por el Espíritu Santo
Hoy día a nosotros, en medio de nuestras diferencias de opinión, de elección, de sensibilidad, el Papa nos pide que no caigamos en la tentación de querer defender a capa y espada las propias ideas, considerándolas válidas para todos. Esta es una fe construida a nuestra imagen. La humanidad, dentro de las diferencias, alcanza la unidad por el Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo nos recuerda que, ante todo, somos hijos amados de Dios.
El secreto de la unidad: donarse
No se trata tanto de estructuras más eficientes, sino de una mirada espiritual que ve hermanos y hermanas mendigos de misericordia. El Espíritu nos ama y conoce el lugar que cada uno tiene en el conjunto: somos teselas irremplazables de un mosaico. El día de Pentecostés, en la primera obra de la Iglesia, los Apóstoles salen a proclamar el Evangelio, sin ninguna estrategia ni plan pastoral. Se lanzan corriendo riesgos, salen con el solo deseo que les anima: dar lo que han recibido. Porque es ese el secreto de la unidad y del Espíritu: donarse.
Examinar nuestro corazón
El Papa pide a cada uno de nosotros, que examinemos lo que nos impide darnos al otro, señalando los tres enemigos del don que tenemos dentro de nosotros: el narcisismo, que lleva a la idolatría de sí mismo; el victimismo, que se convierte en queja de todo; y el pesimismo de quien piensa que todo es inútil y que ya no hay esperanza. Por esta razón, necesitamos el Espíritu Santo, don de Dios que nos cura del narcisismo, del victimismo y del pesimismo.
Los carismas son un don
El Papa sigue ahondando en la naturaleza del carisma (1.11.2014). En el lenguaje común, cuando se habla de «carisma», se piensa a menudo en un talento, una habilidad natural. En la perspectiva cristiana, sin embargo, el carisma es mucho más que una cualidad personal: el carisma es una gracia, un don concedido por Dios Padre, a través de la acción del Espíritu Santo. Para ponerlo al servicio de toda la comunidad, para el bien de todos. El mismo Espíritu que da esta diferencia de carismas, construye la unidad de la Iglesia.
El papa Francisco, al hilo de estas reflexiones, cita a San Pablo (1 Cor 12) y recuerda el carisma de Teresa de Lisieux en la Iglesia: «Hoy la Iglesia festeja la conmemoración de santa Teresa del Niño Jesús. Esta santa, que murió a los 24 años y amaba mucho a la Iglesia, quería ser misionera, pero quería tener todos los carismas. Y rezando descubrió que su carisma era el amor. Y dijo esta hermosa frase: `En el corazón de la Iglesia yo seré el amor´. Y este carisma lo tenemos todos: la capacidad de amar. Pidamos hoy a santa Teresa del Niño Jesús esta capacidad de amar mucho a la Iglesia, de amarla mucho, y aceptar todos los carismas con este amor de hijos de la Iglesia».
Es el mejor colofón a la intención misionera de este mes y el mejor modo de iniciar este año nuevo con un espíritu renovador carismático.