
Entrevista a Javier Pineda
Responsable de la ONG Oscar de Perú
El Centro Misional La Obra Máxima (LOM) lleva años colaborando con la ONG carmelitana Oscar de Perú en el proyecto de «Apadrinamientos Familiares». Este proyecto nació en el seno de la Orden de los Carmelitas Descalzos. En estos momentos, cuenta con un número importante de trabajadores y voluntarios que hacen posible que este proyecto siga adelante. Nos acercamos a la sede principal de esta institución para conocer, de más cerca, sus trabajos de mano de Javier Pineda.
Javier, en nuestra revista misionera, tenéis una sección casi mensual en donde presentáis los trabajos que realizáis en el programa de apadrinamientos familiares. Comencemos haciendo un poco de historia. ¿Cuándo y cómo nació este proyecto?
El programa de apadrinamientos familiares nace como parte del crecimiento de OSCAR DE PERÚ, una obra social promovida por los Padres Carmelitas Descalzos del Perú. Durante su trabajo pastoral en zonas vulnerables de Lima, especialmente en El Agustino y El Cercado, los Carmelitas Descalzos conocieron de cerca las múltiples necesidades de las familias: pobreza, violencia, deserción escolar y falta de oportunidades para los jóvenes.
A partir del año 2000, con la fundación oficial de OSCAR DE PERÚ, comenzó a fortalecerse el programa de hermanamientos familiares: Apadrinamiento, como un puente de solidaridad entre España y el Perú. Gracias al apoyo de la Obra Máxima y de muchas familias españolas, fue posible acompañar integralmente a niños, adolescentes y sus familias. Desde el inicio, este programa se entendió no solo como una ayuda material, sino como un vínculo humano y fraterno basado en la dignidad y la esperanza.
Lima es una ciudad muy grande, con muchos barrios o zonas pobres. ¿Por qué se escogió este lugar?
Porque eran comunidades profundamente olvidadas y golpeadas por la pobreza. Los Padres Carmelitas, desde la Parroquia Santiago Apóstol de El Cercado de Lima, mantenían un contacto cercano con familias de El Agustino y otros sectores vulnerables de la ciudad. Allí encontraron problemas de violencia, desempleo, deserción escolar y muchos jóvenes expuestos a la delincuencia y las drogas.
Recuerdo que, para ingresar a Ancieta Alta, muchas veces teníamos que caminar porque las movilidades no querían entrar debido a la inseguridad de la zona. Pero nada nos detuvo, porque también encontramos madres luchadoras, niños con ganas de salir adelante y comunidades que necesitaban oportunidades y acompañamiento.
Así nació el Centro Comunitario Wiñay, que en quechua significa «creciendo», y que resume muy bien nuestra misión: crecer juntos como comunidad.
En vuestros artículos subrayáis que este proyecto misionero no es solamente distribuir alimentos para los niños, que es algo fundamental, sino que el proyecto abarca una atención personalizada a las familias.
Así es. Nosotros creemos que acompañar a un niño también significa acompañar a su familia y a su comunidad. Muchas veces, detrás de un niño con dificultades escolares o emocionales, existe una familia enfrentando pobreza, violencia, desempleo o situaciones de abandono.
Por eso, el programa de apadrinamiento de OSCAR DE PERÚ desarrolla una atención integral y cercana. Trabajamos con psicología, nutrición, estimulación temprana, formación juvenil, acompañamiento familiar y capacitación técnica para mujeres y jóvenes. Además, promovemos actividades comunitarias y campañas de derechos donde las propias familias participan activamente. No queremos generar dependencia; queremos fortalecer capacidades, dignidad y oportunidades para que las familias puedan salir adelante.
En el contacto diario con las familias ¿cuáles son las situaciones más complicadas a las que se enfrentan estas familias?
Las situaciones son muy diversas y muchas veces muy dolorosas. Trabajamos con familias que viven en contextos de pobreza muy fuertes, donde muchas madres crían solas a sus hijos y deben enfrentar enormes cargas emocionales y económicas.
También encontramos problemas de violencia familiar, consumo de alcohol y drogas, depresión y abandono escolar. Y quizás una de las situaciones más complejas es que muchas personas han crecido en entornos donde la violencia y el maltrato terminaron siendo vistos como algo normal.
Por eso, una parte importante de nuestro trabajo consiste en fortalecer los vínculos familiares y generar espacios donde niños, adolescentes y adultos puedan descubrir formas más saludables de convivencia y desarrollo personal. Son procesos lentos, pero profundamente transformadores.
El apadrinamiento familiar concluye normalmente cuando el adolescente ha cumplido los 18 años. ¿Cómo continúan estos jóvenes su proceso formativo o profesional?
Muchos de nuestros jóvenes continúan vinculados a OSCAR DE PERÚ incluso después de los 18 años. Algunos se convierten en líderes juveniles, promotores comunitarios o voluntarios que luego acompañan a otros adolescentes de sus propias comunidades.
Además, impulsamos procesos de formación técnica y ocupacional en áreas como confecciones, manualidades y emprendimiento, buscando que los jóvenes puedan insertarse laboralmente o generar sus propios ingresos.
Lo más valioso es ver cómo muchos de ellos, que antes tenían miedo o inseguridad sobre su futuro, hoy participan activamente en su comunidad y empiezan a proyectar metas personales y profesionales con mayor confianza.
Uno de los problemas que se enfrentan los jóvenes, también en Europa, es el consumo del alcohol y las drogas. ¿Cómo se trabaja esta problemática en el Perú?
Es una problemática muy presente, especialmente en contextos vulnerables donde muchos adolescentes crecen rodeados de violencia, abandono o falta de oportunidades. Nosotros entendemos que la prevención no consiste solo en decir «no consumas drogas», sino en ofrecer espacios seguros, acompañamiento y alternativas reales de desarrollo.
Por eso trabajamos con acompañamiento psicológico, actividades deportivas y artísticas, grupos juveniles y procesos de orientación personal y familiar. Buscamos que los adolescentes descubran talentos, fortalezcan su autoestima y encuentren nuevos caminos para su vida.
Además, gracias al respaldo de Obra Máxima, actualmente desarrollamos el proyecto «Programa de Prevención del Consumo de Drogas en Adolescentes de la Zona de Ancieta Alta – El Agustino», que combina prevención, formación humana y capacitación técnica para ayudar a muchos jóvenes a construir oportunidades diferentes para su futuro.
En nuestra revista misionera publicamos artículos que nos narran los procesos migratorios a los que son obligados tantas familias necesitadas. ¿Los jóvenes peruanos tienden a buscar oportunidades fuera del país?
Sí, muchos jóvenes sueñan con migrar porque sienten que fuera del país tendrán mayores oportunidades económicas o más estabilidad. En el Perú todavía existen muchas desigualdades y eso genera incertidumbre sobre el futuro.
Sin embargo, también vemos algo esperanzador: cuando los jóvenes reciben acompañamiento, formación y oportunidades reales, muchos empiezan a creer que también pueden salir adelante dentro de su propia comunidad y cerca de sus familias. Nuestro trabajo busca precisamente eso: generar oportunidades, fortalecer capacidades y ayudar a que los jóvenes descubran que sí es posible construir un proyecto de vida digno en su propio entorno.
En esta entrevista no podemos olvidarnos de tantos carmelitas descalzos que han vivido y trabajado con esfuerzo en nuestras presencias misioneras de Perú. ¿Qué recuerdo tienes de estos religiosos? ¿Y cómo les recuerdan los peruanos?
El recuerdo es profundamente agradecido y muy entrañable. Los Padres Carmelitas Descalzos no solo acompañaron espiritualmente a las comunidades; caminaron junto a ellas, escucharon sus necesidades y compartieron sus dificultades cotidianas. Muchos vecinos los recuerdan como personas sencillas, cercanas y profundamente comprometidas con los más pobres.
Figuras como el P. Alfonso Alaiogoikoa, el P. Alfredo Amesti Sánchez, el P. Rafael Zubieta y el P. Calixto Goldaráz fueron fundamentales para sembrar esta obra social y darle una mirada profundamente humana y cristiana. Ellos entendieron que evangelizar también significa defender la dignidad humana y crear oportunidades para las personas más vulnerables. Las comunidades les tienen mucho cariño porque estuvieron presentes en momentos muy difíciles y ayudaron a construir esperanza donde antes había abandono.
Una última palabra la puedes dirigir a nuestros lectores que, con fidelidad, apoyan este programa de apadrinamientos familiares.
Lo primero que quiero decirles es gracias. Gracias de corazón. Porque detrás de cada niño acompañado, de cada adolescente que continúa estudiando y de cada familia que recupera la esperanza, hay personas y familias españolas que decidieron compartir un poco de su vida con nosotros.
Muchas veces quienes apadrinan no imaginan la magnitud de lo que generan. No solo ayudan económicamente; también transmiten cercanía, afecto y dignidad.Gracias a ustedes, muchos niños descubren que no están solos y muchas familias sienten que alguien cree en ellas.
Desde OSCAR DE PERÚ queremos expresarles nuestro profundo agradecimiento. La solidaridad que nace a través de Obra Máxima ha construido una verdadera hermandad entre España y el Perú. Y mientras existan niños y familias que necesiten oportunidades, seguiremos caminando juntos con esperanza y compromiso.

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