Pertenecieron sin duda a las más impresionantes reacciones ante el estallido de la guerra las palabras del Delegado keniano en las Naciones Unidas.
En un discurso emocional acentuó Martín Kimani: Que también su patria Kenia es una víctima de una injusta demarcación de fronteras, y que, a pesar de ello, ahora hay ya que aceptar el hecho. Que Kenia está lejos de trazar de nuevo sus fronteras con violencia.
Aludía con ello al argumento del presidente ruso Wladimir Putin. Pues este había justificado el ataque militar al país vecino con el argumento, entre otros, de que Ucrania históricamente tenía que pertenecer en realidad a Rusia.
Al mismo tiempo, en muchos países también la sencilla ciudadanía advierte grandes cambios desde el comienzo de la guerra. «Hay un gran miedo generalizado entre la gente», declara Charles Indraku, director de la emisora católica «Radio Pacis» de Uganda. «Advertimos también efectos directos sobre nuestro país, pues los precios poco a poco están cambiando, especialmente los precios de los combustibles. Esto influirá finalmente en los precios de materias primas, precios de bienes importantes. Y como Uganda es un país sin salida al mar, esto no significa nada bueno».
Uganda está obligada al transporte comercial por tierra, los altos precios de la gasolina encarecen el tráfico de camiones y generan grandes costes. Lo mismo vale para Malawi, como acentúa Henry Saindi, secretario general de la Conferencia episcopal: La economía de Malawi «depende en gran medida de las importaciones, que se tienen que comprar o directamente de uno de los países beligerantes, o de otros países, que también tienen que estar fuertemente afectados por la guerra».
Para la economía agrícola de Malawi es especialmente importante la importación de los abonos de Rusia. Henry Saidi explica: Ya es caro el abono para un agricultor normal de Malawi, y cada subida de precio va a afectar catastróficamente a la cosecha y llevará a la inseguridad alimentaria y al hambre.

























