La Obra Máxima

Por los valores del deporte

Fr. Eduardo Sanz de Miguel ocd

Oremos para que el deporte sea un instrumento de paz, encuentro y diálogo entre culturas y naciones y para que promueva valores como el respeto, la solidaridad y la superación personal.

Zimbabwe

Con motivo de la celebración de la «copa mundial de fútbol», el Papa nos invita a contemplar el deporte no solo como una actividad física o un espectáculo, sino como un verdadero espacio humano y espiritual donde pueden florecer valores profundamente evangélicos: la paz, el encuentro, el diálogo, el respeto, la solidaridad y la superación personal.

Esta mirada ensancha el horizonte y permite redescubrir el deporte como un ámbito privilegiado de humanización, un lugar donde también Dios se hace presente y actúa silenciosamente en los corazones.

La Sagrada Escritura no habla del deporte en el sentido moderno, pero sí recurre con frecuencia a imágenes atléticas para expresar la vida espiritual. San Pablo presenta al creyente como un atleta que se entrena con disciplina y corre hacia una meta: «Los atletas se imponen toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita» (1 Cor 9,25). Esta imagen subraya la dimensión ascética de la existencia cristiana: no una negación estéril, sino una orientación del esfuerzo hacia un bien mayor. En este sentido, el deporte, vivido con rectitud, educa el carácter, fortalece la voluntad y dispone el corazón para la fidelidad.

Los místicos carmelitas ayudan a profundizar esta intuición. San Juan de la Cruz describe el camino espiritual como una «noche» y una «subida», es decir, como un proceso de purificación y de crecimiento que exige constancia y desapego.

Algo análogo sucede en el entrenamiento deportivo: el progreso no es inmediato, requiere disciplina, renuncia y perseverancia. 

Por su parte, santa Teresa de Jesús insiste en la importancia de la determinación: «importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar». Este dinamismo interior encuentra un eco claro en el esfuerzo del deportista que no se rinde ante las dificultades.

Además, la práctica deportiva puede ser una verdadera escuela de fraternidad. En un mundo fragmentado por tensiones culturales, sociales y políticas, el deporte posee una sorprendente capacidad de reunir a personas diversas bajo reglas comunes, favoreciendo el respeto mutuo. Cuando se vive con honestidad, enseña a reconocer al otro no como enemigo, sino como compañero de camino. Incluso la competición, lejos de generar hostilidad, puede convertirse en ocasión de crecimiento compartido. Esta experiencia concreta ilumina la palabra de Jesús: «Todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8).

Desde la perspectiva cristiana, el cuerpo no es un simple instrumento, sino parte constitutiva de la persona. La encarnación del Hijo de Dios ha dignificado toda la realidad corporal. Por ello, el cuidado del cuerpo y el desarrollo de las capacidades físicas pueden ser también una forma de alabanza. Santa Teresa de Lisieux, aunque no practicó el deporte en sentido estricto, enseñó la «pequeña vía» de hacer con amor las cosas sencillas; también el ejercicio físico, vivido con sencillez y rectitud de intención, puede integrarse en esta espiritualidad cotidiana.

Sin embargo, esta visión positiva requiere discernimiento. El deporte puede desfigurarse cuando se absolutiza el rendimiento o se busca el éxito a cualquier precio. La presión, la competitividad malsana o las prácticas injustas contradicen su verdadero sentido. Aquí resuena la llamada de los místicos a la purificación del corazón. 

Santa Isabel de la Trinidad invitaba a vivir «recogidos» en lo esencial, sin dejarse arrastrar por lo superficial. Aplicado al deporte, esto implica recuperar su dimensión humana y ética, evitando que se convierta en un ídolo.

En el plano espiritual, el deporte enseña también la humildad. No siempre se gana, no siempre se alcanza la meta. La derrota, asumida con madurez, abre a la aceptación de los propios límites y a una confianza más profunda. La victoria, por su parte, puede vivirse como don y responsabilidad, evitando la soberbia. En ambos casos, el corazón se educa en la verdad. Como en la vida espiritual, no se trata solo de resultados, sino de autenticidad.

El deporte, además, puede convertirse en un lenguaje universal de diálogo entre culturas y naciones.
Grandes eventos internacionales muestran cómo personas de distintos pueblos pueden encontrarse, compartir y reconocerse mutuamente. Este potencial de encuentro es especialmente valioso en un tiempo marcado por conflictos. Sin embargo, no basta la mera celebración: es necesario educar en los valores que hacen posible un verdadero espíritu deportivo.

Finalmente, la superación personal, tan propia del deporte, puede entenderse como un camino de crecimiento integral. No se trata solo de mejorar marcas, sino de crecer en humanidad: aprender a perseverar, a colaborar, a respetar. En este sentido, el deporte se convierte en una parábola viva de la existencia cristiana, que es también un camino, un entrenamiento continuo en el amor, orientado hacia la comunión plena con Dios.

Oración: Señor Jesús, fuente de toda vida y de todo bien, bendice el mundo del deporte. Haz que sea espacio de encuentro y no de división, de respeto y no de violencia, de solidaridad y no de egoísmo. Concede a quienes lo practican y lo promueven un corazón limpio, que busque siempre el bien común. Enséñanos, a través del esfuerzo y la disciplina, a crecer en humanidad y en fe. Y que, en medio de nuestras carreras y luchas, no olvidemos nunca que la verdadera meta eres tú, que nos llamas a la comunión y a la paz. Amén.

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