En las comunidades donde acompaña OSCAR DE PERÚ, la pobreza se manifiesta de múltiples maneras. No se limita únicamente a la carencia de ingresos, vivienda o alimentación; se expresa también en una profunda fragilidad emocional que atraviesa a niños, adolescentes, jóvenes y mujeres.
La inseguridad constante, la exposición a la violencia, la inestabilidad laboral y, de manera especialmente dolorosa, las pérdidas humanas ocurridas durante la pandemia, han dejado huellas que no siempre se ven, pero que condicionan la vida cotidiana, las relaciones familiares y la capacidad de proyectar el futuro.
Muchas familias perdieron a padres, madres o abuelos; otras vieron desaparecer de un día para otro sus fuentes de ingreso. El duelo no elaborado, la ansiedad frente a la supervivencia diaria y la sensación de abandono se acumularon silenciosamente. En este contexto, la pobreza económica fue acompañada por un deterioro progresivo de la salud mental, generando tristeza persistente, estados de angustia, desmotivación y, en algunos casos, un profundo sentimiento de desesperanza. Atender estas heridas invisibles se volvió tan urgente como responder a las necesidades materiales más básicas.
Desde su identidad cristiana y su inspiración carmelita, OSCAR DE PERÚ asume que el mensaje de Cristo es un llamado a sanar integralmente a la persona.
Por ello, la salud mental no es un componente accesorio, sino un eje transversal del trabajo de OSCAR DE PERÚ. El acompañamiento psicológico se desarrolla de manera profesional, sistemática y sostenida, integrándose a los demás programas de la institución. Se brinda atención psicológica individual a niños, adolescentes, jóvenes y mujeres, abordando procesos de duelo, ansiedad, depresión y trauma, pero siempre desde una mirada que reconoce la historia personal, el contexto familiar y la dimensión espiritual de cada persona.
El enfoque es profundamente integral
El niño o adolescente apadrinado recibe atención, pero también se involucra activamente a su familia, entendiendo que el hogar es el principal espacio de contención emocional. A través del acompañamiento familiar, se fortalecen los vínculos, se promueve una comunicación más empática y se construyen dinámicas de cuidado que permiten sostener los avances logrados en las atenciones individuales.
Paralelamente, los espacios grupales y de acompañamiento por pares ofrecen la posibilidad de compartir experiencias, reconocer dolores comunes y generar redes de apoyo que reducen el aislamiento y la soledad.
Su testimonio refleja cómo la atención psicológica, unida a la cercanía humana y espiritual, puede convertirse en un verdadero camino de sanación. En el caso de los niños y adolescentes, el trabajo psicológico permite identificar tempranamente señales de sufrimiento emocional que muchas veces se expresan de manera indirecta: dificultades de aprendizaje, retraimiento, irritabilidad o problemas de conducta. Mediante el juego, la palabra y la escucha respetuosa, se fortalece la autoestima, la regulación emocional y la capacidad de enfrentar situaciones adversas. Un adolescente participante lo expresa así: «Antes guardaba todo y me enojaba mucho. Aquí aprendí a hablar de lo que siento. Ahora sé que pedir ayuda no es estar mal.»
Este acompañamiento se extiende también al nivel comunitario, a través de campañas de sensibilización que promueven el cuidado de la salud mental y buscan romper los estigmas asociados a la atención psicológica. Hablar de emociones, de pérdidas y de esperanza se convierte en un acto comunitario que dignifica y humaniza, especialmente en contextos donde el sufrimiento ha sido normalizado.
Nada de este trabajo sería posible sin el apoyo generoso y constante de La Obra Máxima, que canaliza la solidaridad desde España, ni sin el compromiso profundo de las familias españolas que acompañan a otras familias sobre la base del amor, el respeto y la fraternidad cristiana. Gracias a su apoyo, la atención psicológica llega allí donde muchas veces el Estado no alcanza, y se convierte en una presencia concreta del amor de Cristo en la vida de quienes más lo necesitan.
Una madre resume este agradecimiento con palabras que nacen del corazón: «No conozco a la familia que nos apoya, pero rezo por ellos todos los días. Gracias a su ayuda aprendí a sanar por dentro y mis hijos volvieron a sonreír. Para mí, ellos son una bendición de Dios».
En OSCAR DE PERÚ creemos que cuidar la salud mental es una forma concreta de vivir el Evangelio. Acompañar el dolor, sostener el duelo y devolver la esperanza es seguir los pasos de Cristo, que nunca fue indiferente al sufrimiento humano. Porque cuando el corazón es escuchado y acompañado con profesionalismo, ternura y fe, incluso en medio de la pobreza más dura, la vida puede volver a florecer.
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En las comunidades donde acompaña OSCAR DE PERÚ, la pobreza se manifiesta de múltiples maneras. No se limita únicamente a la carencia de ingresos, vivienda o alimentación; se expresa también en una profunda fragilidad emocional que atraviesa a niños, adolescentes, jóvenes y mujeres.
La inseguridad constante, la exposición a la violencia, la inestabilidad laboral y, de manera especialmente dolorosa, las pérdidas humanas ocurridas durante la pandemia, han dejado huellas que no siempre se ven, pero que condicionan la vida cotidiana, las relaciones familiares y la capacidad de proyectar el futuro.
Muchas familias perdieron a padres, madres o abuelos; otras vieron desaparecer de un día para otro sus fuentes de ingreso. El duelo no elaborado, la ansiedad frente a la supervivencia diaria y la sensación de abandono se acumularon silenciosamente. En este contexto, la pobreza económica fue acompañada por un deterioro progresivo de la salud mental, generando tristeza persistente, estados de angustia, desmotivación y, en algunos casos, un profundo sentimiento de desesperanza. Atender estas heridas invisibles se volvió tan urgente como responder a las necesidades materiales más básicas.
Desde su identidad cristiana y su inspiración carmelita, OSCAR DE PERÚ asume que el mensaje de Cristo es un llamado a sanar integralmente a la persona.
Por ello, la salud mental no es un componente accesorio, sino un eje transversal del trabajo de OSCAR DE PERÚ. El acompañamiento psicológico se desarrolla de manera profesional, sistemática y sostenida, integrándose a los demás programas de la institución. Se brinda atención psicológica individual a niños, adolescentes, jóvenes y mujeres, abordando procesos de duelo, ansiedad, depresión y trauma, pero siempre desde una mirada que reconoce la historia personal, el contexto familiar y la dimensión espiritual de cada persona.
El enfoque es profundamente integral
El niño o adolescente apadrinado recibe atención, pero también se involucra activamente a su familia, entendiendo que el hogar es el principal espacio de contención emocional. A través del acompañamiento familiar, se fortalecen los vínculos, se promueve una comunicación más empática y se construyen dinámicas de cuidado que permiten sostener los avances logrados en las atenciones individuales.
Paralelamente, los espacios grupales y de acompañamiento por pares ofrecen la posibilidad de compartir experiencias, reconocer dolores comunes y generar redes de apoyo que reducen el aislamiento y la soledad.
Su testimonio refleja cómo la atención psicológica, unida a la cercanía humana y espiritual, puede convertirse en un verdadero camino de sanación. En el caso de los niños y adolescentes, el trabajo psicológico permite identificar tempranamente señales de sufrimiento emocional que muchas veces se expresan de manera indirecta: dificultades de aprendizaje, retraimiento, irritabilidad o problemas de conducta. Mediante el juego, la palabra y la escucha respetuosa, se fortalece la autoestima, la regulación emocional y la capacidad de enfrentar situaciones adversas. Un adolescente participante lo expresa así: «Antes guardaba todo y me enojaba mucho. Aquí aprendí a hablar de lo que siento. Ahora sé que pedir ayuda no es estar mal.»
Este acompañamiento se extiende también al nivel comunitario, a través de campañas de sensibilización que promueven el cuidado de la salud mental y buscan romper los estigmas asociados a la atención psicológica. Hablar de emociones, de pérdidas y de esperanza se convierte en un acto comunitario que dignifica y humaniza, especialmente en contextos donde el sufrimiento ha sido normalizado.
Nada de este trabajo sería posible sin el apoyo generoso y constante de La Obra Máxima, que canaliza la solidaridad desde España, ni sin el compromiso profundo de las familias españolas que acompañan a otras familias sobre la base del amor, el respeto y la fraternidad cristiana. Gracias a su apoyo, la atención psicológica llega allí donde muchas veces el Estado no alcanza, y se convierte en una presencia concreta del amor de Cristo en la vida de quienes más lo necesitan.
Una madre resume este agradecimiento con palabras que nacen del corazón: «No conozco a la familia que nos apoya, pero rezo por ellos todos los días. Gracias a su ayuda aprendí a sanar por dentro y mis hijos volvieron a sonreír. Para mí, ellos son una bendición de Dios».
En OSCAR DE PERÚ creemos que cuidar la salud mental es una forma concreta de vivir el Evangelio. Acompañar el dolor, sostener el duelo y devolver la esperanza es seguir los pasos de Cristo, que nunca fue indiferente al sufrimiento humano. Porque cuando el corazón es escuchado y acompañado con profesionalismo, ternura y fe, incluso en medio de la pobreza más dura, la vida puede volver a florecer.





















