En los barrios más humildes de Lima, crecer no siempre significa tener la infancia que se merece. Luis y Sofía, dos adolescentes que viven solo con su padre, han enfrentado desde muy pequeños no solo la pobreza material, sino también la falta de afecto y contención en su vida diaria.
Su hogar, marcado por la soledad y las carencias, parecía condenarlos a repetir una historia de privaciones. Sin embargo, el programa de apadrinamiento de OSCAR DE PERÚ, con el apoyo solidario de La Obra Máxima y de familias y personas de buen corazón de España, se convirtió en mucho más que una ayuda económica: fue un verdadero refugio de oportunidades y amor. En medio de las carencias materiales y emocionales que han marcado sus vidas, este programa abrió un horizonte distinto para Luis y Sofía.
Ellos siempre han contado con el cuidado y el amor de su padre, un hombre trabajador que, aunque no tuvo acceso a estudios ni a mayores oportunidades, nunca dejó de luchar por sus hijos. Su cariño constante ha sido el sostén más fuerte en el hogar. Sin embargo, ese esfuerzo no era suficiente frente a las múltiples privaciones que enfrentaban, fue entonces cuando el apadrinamiento se volvió fundamental. Allí, Luis y Sofía accedieron a talleres educativos, formación técnica y humana, así como también accedieron a alimentos y útiles escolares, sino que encontraron aquello que la pobreza les había negado: un espacio de formación, pero sobre todo un lugar donde sentirse valorados, escuchados y acompañados.
Gracias al compromiso inquebrantable de los padrinos y a la gestión solidaria de LOM, Luis y Sofía descubren que la verdadera ayuda no solo abre caminos de aprendizaje, sino que también complementa el amor de un padre que, aunque humilde y sin estudios, les ha entregado la mayor de las riquezas: su corazón entero. Los padrinos, con generosidad y entrega, se han convertido en una familia extendida que, desde la distancia, les brinda afecto, apoyo y esperanza. Esa bondad desinteresada de quienes deciden apadrinar no solo transforma la vida de los adolescentes, sino que también les enseña que la solidaridad puede llenar los vacíos de la pobreza y multiplicar el valor del amor que ya reciben en casa.
Resiliencia entre el ajedrez y los sueños
Desde niño, Luis abrazó cada actividad del programa. Pasó horas en la biblioteca, en la ludoteca, en la danza, el teatro y sobre todo en el ajedrez, donde aprendió que cada movimiento puede abrir nuevos caminos. Hoy, con esfuerzo y constancia, ha terminado la secundaria e ingresó a un instituto superior. Sueña con ser arquitecto de sistemas, mientras ayuda a su padre vendiendo comida. En él no solo hay un joven con talentos, sino también un ejemplo de cómo, con apoyo y fe, las heridas emocionales se transforman en fuerza para luchar.
«(…) En multitud de ocasiones nos hemos ido a la cama con tanta hambre, que al día siguiente mi único pensamiento era cómo ayudar a mi familia para conseguir dinero para alimentarnos. Estoy estudiando para ser algún día un gran profesional, pero a la vez ayudo a mi padre en la venta de comida. Sé que vendrán tiempos mejores»
Su hermana Sofía aún está en la escuela
Se esfuerza cada día por sacar buenas notas, aunque carga con la dureza de crecer sin los cuidados y afectos que todo niño necesita.
En el programa, encontró no solo un taller o una clase, sino personas que la abrazan con paciencia y cariño, enseñándole que vale la pena seguir soñando. «Aquí me siento querida y sé que puedo lograr más», dice con timidez, pero con la esperanza reflejada en sus ojos.



























