La primera intención misionera del año se centra en la oración y la Palabra de Dios, que, inseparablemente unidas, fecundan nuestra vida personal, comunitaria y eclesial. Son una buena brújula que orientan el caminar de cada día.
ESCUCHA DE LA PALABRA
Nadie como san Juan de la Cruz (cuyo año jubilar estamos celebrando) ha mostrado el hermanamiento de la oración y la Palabra en este dicho luminoso: «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída por el alma».
San Agustín, en uno de sus sermones de Adviento (figura de III), habla de Cristo como Palabra proclamada por la voz de Juan, destacando la íntima relación entre la voz del Precursor y la Palabra anunciada, que se da en el corazón humano. Si quitas la palabra no hay más que ruido vacío en tu corazón. La palabra se transmite de corazón a corazón; solo si permanece en mí puedo transmitir su mensaje.
REVELACIÓN DE LA PALABRA EN LA HISTORIA
La revelación de Jesús, el anuncio de su palabra, se revelan en los acontecimientos históricos, de los que se hacen eco las intenciones misioneras del año, propuestas a la oración de los fieles; son los grandes desafíos de la humanidad y de la Iglesia. Tienen un profundo calado religioso, cultural y social.
Durante catorce años he comentado en esta revista estas intenciones, con la carga religiosa y social que tienen. Para mí han sido un medio precioso para seguir la vida de la Iglesia y los acontecimientos mundiales que nos rodean. Espero que lo hayan sido también para mis lectores y mis lectoras. Les agradezco su interés. Pero ha llegado el momento de dar el relevo a otro comentarista, aunque seguiremos unidos por la misma misión.
REVELACIÓN DE LA PALABRA EN MARIA
Quiero concluir (en este año jubilar) con la evocación de la figura de la Virgen María, de quien nació Jesús, que se encarnó en su seno como la Palabra hecha carne. Y recordar las palabras del Papa León XIV, a propósito de la inauguración del Belén del Vaticano: Dios se hace cercano a la humanidad, se hace uno de nosotros, entrando en nuestra historia con la pequeñez de un niño. Terminó invitando a rezar por los que sufren a causa de la guerra y la violencia y a colaborar en la construcción de una sociedad más esperanzada, más humana, más fraterna. Que sepamos responder a estas inquietudes del Papa bajo la mirada y la protección de Maria santísima, Madre de Dios hecho hombre, y cantarle en la contemplación del misterio: Tu scendi dalle stelle.





















































