Esta es la realidad de muchas familias en El Agustino y el Cercado de Lima, territorios históricamente marcados por la exclusión, pero también por una enorme capacidad de resiliencia y organización comunitaria.
Es en estos contextos donde, desde hace 25 años, OSCAR DE PERÚ ha decidido estar presente: no como un visitante ocasional, sino como un acompañante constante, cercano y comprometido con la vida cotidiana de las familias apadrinadas.
Marcelina, forma parte del equipo de apadrinamiento, como se ve en la imagen del comienzo del artículo en la página anterior, es una mujer adulta que camina hacia el encuentro con los niños apadrinados y sus familias. No lleva prisa, lleva compromiso. Su presencia representa algo esencial del programa: la cercanía humana, la empatía que escucha, que observa y que acompaña. Porque el apadrinamiento no comienza con una entrega, sino con una relación de confianza.
El Programa de Hermanamientos Familiares (Apadrinamiento) es el corazón del trabajo de OSCAR DE PERÚ
No se trata únicamente de una ayuda puntual, sino de un compromiso sostenido que une a familias separadas por la distancia, pero cercanas en humanidad. A través del apadrinamiento, se construyen lazos de solidaridad que permiten acompañar procesos de vida marcados por la pobreza, ofreciendo no solo apoyo material, sino también presencia, escucha y orientación permanente. Es un programa que nace desde la convicción de que acompañar a una familia es también apostar por el futuro de sus hijos.
El apadrinamiento nunca ha sido solo una ayuda dirigida a un niño o una niña. Desde el inicio, la mirada fue familiar e integral: apoyo alimentario, sí, pero también acompañamiento educativo, psicológico, nutricional y formativo. Porque cuando una familia se fortalece, el niño crece con más oportunidades y con mayor dignidad.
Con el paso de los años, el programa fue creciendo y adaptándose a nuevas realidades sociales y territoriales, ampliando sus formas de intervención y fortaleciendo su acompañamiento, pero manteniendo siempre intacta su esencia: caminar junto a las familias, escuchar sus necesidades y responder con cercanía, constancia y compromiso.
Este crecimiento sostenido se refleja hoy en los espacios educativos y formativos que acogen a los niños y niñas apadrinados. Aulas sencillas, pero llenas de sentido, donde aprenden, se concentran y descubren nuevas posibilidades. Para muchas familias con escasas o nulas oportunidades, estos espacios representan mucho más que un lugar físico: son un entorno seguro, una puerta al aprendizaje y una señal concreta de que el acompañamiento recibido a lo largo de los años se transforma en educación, desarrollo y esperanza para el futuro.
El apadrinamiento, entendido así, educa y transforma vidas. No lo hace de manera inmediata ni espectacular, sino con constancia, presencia y coherencia. Es un proceso silencioso que deja huellas profundas.
A lo largo de estos 25 años, la labor de La Obra Máxima de los Carmelitas Descalzos de la Provincia de Navarra ha sido fundamental. Gracias a su compromiso y a la confianza de tantas familias solidarias, miles de hogares en zonas como El Agustino, El Cercado de Lima y áreas aledañas han recibido no solo apoyo material, sino un mensaje claro y sostenido: no están solos.
Hoy, al mirar estas imágenes —las de ayer y las de hoy—, reconocemos las bases del programa y reafirmamos su sentido. El apadrinamiento es, ante todo, un acto de amor organizado, una red de solidaridad que acompaña, educa y dignifica. Y mientras existan familias que necesiten apoyo y otras dispuestas a brindar esperanza, este camino seguirá abriéndose paso.
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Esta es la realidad de muchas familias en El Agustino y el Cercado de Lima, territorios históricamente marcados por la exclusión, pero también por una enorme capacidad de resiliencia y organización comunitaria.
Es en estos contextos donde, desde hace 25 años, OSCAR DE PERÚ ha decidido estar presente: no como un visitante ocasional, sino como un acompañante constante, cercano y comprometido con la vida cotidiana de las familias apadrinadas.
Marcelina, forma parte del equipo de apadrinamiento, como se ve en la imagen del comienzo del artículo en la página anterior, es una mujer adulta que camina hacia el encuentro con los niños apadrinados y sus familias. No lleva prisa, lleva compromiso. Su presencia representa algo esencial del programa: la cercanía humana, la empatía que escucha, que observa y que acompaña. Porque el apadrinamiento no comienza con una entrega, sino con una relación de confianza.
El Programa de Hermanamientos Familiares (Apadrinamiento) es el corazón del trabajo de OSCAR DE PERÚ
No se trata únicamente de una ayuda puntual, sino de un compromiso sostenido que une a familias separadas por la distancia, pero cercanas en humanidad. A través del apadrinamiento, se construyen lazos de solidaridad que permiten acompañar procesos de vida marcados por la pobreza, ofreciendo no solo apoyo material, sino también presencia, escucha y orientación permanente. Es un programa que nace desde la convicción de que acompañar a una familia es también apostar por el futuro de sus hijos.
El apadrinamiento nunca ha sido solo una ayuda dirigida a un niño o una niña. Desde el inicio, la mirada fue familiar e integral: apoyo alimentario, sí, pero también acompañamiento educativo, psicológico, nutricional y formativo. Porque cuando una familia se fortalece, el niño crece con más oportunidades y con mayor dignidad.
Con el paso de los años, el programa fue creciendo y adaptándose a nuevas realidades sociales y territoriales, ampliando sus formas de intervención y fortaleciendo su acompañamiento, pero manteniendo siempre intacta su esencia: caminar junto a las familias, escuchar sus necesidades y responder con cercanía, constancia y compromiso.
Este crecimiento sostenido se refleja hoy en los espacios educativos y formativos que acogen a los niños y niñas apadrinados. Aulas sencillas, pero llenas de sentido, donde aprenden, se concentran y descubren nuevas posibilidades. Para muchas familias con escasas o nulas oportunidades, estos espacios representan mucho más que un lugar físico: son un entorno seguro, una puerta al aprendizaje y una señal concreta de que el acompañamiento recibido a lo largo de los años se transforma en educación, desarrollo y esperanza para el futuro.
El apadrinamiento, entendido así, educa y transforma vidas. No lo hace de manera inmediata ni espectacular, sino con constancia, presencia y coherencia. Es un proceso silencioso que deja huellas profundas.
A lo largo de estos 25 años, la labor de La Obra Máxima de los Carmelitas Descalzos de la Provincia de Navarra ha sido fundamental. Gracias a su compromiso y a la confianza de tantas familias solidarias, miles de hogares en zonas como El Agustino, El Cercado de Lima y áreas aledañas han recibido no solo apoyo material, sino un mensaje claro y sostenido: no están solos.
Hoy, al mirar estas imágenes —las de ayer y las de hoy—, reconocemos las bases del programa y reafirmamos su sentido. El apadrinamiento es, ante todo, un acto de amor organizado, una red de solidaridad que acompaña, educa y dignifica. Y mientras existan familias que necesiten apoyo y otras dispuestas a brindar esperanza, este camino seguirá abriéndose paso.
























