Se ha concluido hace poco el tiempo de Navidad que, como todos los años, nos ha traído la alegría incontenible de un Amor infinito que se hace Niño y viene a vivir en medio de su pueblo.
Y, como todos los años, también aquí en Tánger ha habido Navidad: sin la carrera a los regalos, sin concursos de belenes, sin luminarias… pero sí con una pequeña comunidad cristiana que ha acogido, llena de gozo, el anuncio de los ángeles en Belén, acogiendo al mismo tiempo las felicitaciones de nuestros hermanos musulmanes y su interés por compartir nuestra alegría. En la Catedral de Tánger, por ejemplo, había cuatro televisiones locales grabando la Misa de Nochebuena, y nosotras hemos recibidos decenas de mensajes de amigos musulmanes deseándonos una feliz Navidad.
Como el don de la lluvia que, después de siete años de sequía, está abundantemente cayendo sobre esta tierra de Marruecos. Por supuesto, no sin daños: no hay prácticamente edificios en que no haya infiltraciones de agua, pero es admirable ver con cuanta serenidad nuestros hermanos acogen estas molestias, sabiendo lo importante que es el agua para la vida de este pueblo. Y como… ¡¡¡la Copa Africana de Naciones!!! Marruecos ha hospedado esta competición continental y no hay aspecto de la vida cotidiana que no lleve una marca de este acontecimiento. ¡Hasta en los vasitos de los yogures están las fotos de los jugadores! Entonces, ¿por qué no participar nosotras también de esta alegría que es de todo un país? Claro, no fuimos al estadio, pero sí vivimos en convento, a nuestra manera, un poquito del entusiasmo que ha contagiado todo Marruecos. Así, a los tradicionales villancicos navideños, se ha añadido el himno oficial de la competición que nos ha hecho cantar y… ¡bailar! ¡A todas!
Y ¿cómo no acoger a los Reyes que vienen? Este año, además, han venido cargado de regalos esperados e ¡inesperados! Como la visita de Francesca con toda su familia, una amiga italiana, médico, que había estado unas semanas en nuestra hospedería hace nueve años poniéndose a disposición de nuestras hermanas del Hospital Italiano como voluntaria. Ahora ha vuelto con Giuseppe, su marido, y sus tres hijos, y nos ha regalado… tres días de cuidado especial y profesional a nuestra hermana María Isabel, que está algo delicada en su salud. Y ahora, ya en su casa en Italia, sigue escribiendo cada día para saber cómo evoluciona su «enfermita».
Junto a estos, hemos acogido otros tantos detalles de la Providencia de Dios que no solo nos cuida, sino nos mima. Por nuestra parte, llenas de gratitud por tanto amor y por recibirlo todo gratuitamente, intentamos con nuestras pobres fuerzas «buscar el reino de Dios y su justicia» (cfr. Mt 6,33), como granitos de trigo sembrados en esta tierra bendita de Marruecos.








