La Obra Máxima
Por los niños con enfermedades incurables

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Oremos para que los niños que padecen enfermedades incurables y sus familias reciban la atención médica y el apoyo necesario, sin perder nunca la fuerza y la esperanza.
Zimbabwe

La intención de oración del papa para el mes de febrero nos introduce en un territorio sagrado y doloroso a la vez: el sufrimiento de los niños que padecen enfermedades incurables y la herida abierta en el corazón de sus familias.  

Allí donde la vida se manifiesta frágil y vulnerable, la fe cristiana se atreve a pronunciar una palabra que no anestesia el dolor, pero lo acompaña: esperanza. No una esperanza ingenua ni evasiva, sino la que brota del saberse sostenidos por Dios, incluso cuando el camino atraviesa valles oscuros.

La Escritura conoce bien el llanto de los pequeños y el clamor de quienes los cuidan. Afirma con claridad que el Señor escucha el grito de los débiles y se inclina hacia ellos. «¿Puede una madre no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49,15). En estas palabras resuena una promesa firme: ningún niño que sufre, ninguna familia desgarrada por la enfermedad, queda fuera de la memoria amorosa de Dios.

Jesús mismo colocó a los niños en el centro de su Reino. Los tomó en brazos, los bendijo y dijo que a quienes se les parecen pertenece el Reino de los cielos (cf. Mc 10,13-16). No los idealizó ni los utilizó como símbolo abstracto, sino que los miró en su realidad concreta, vulnerable y necesitada. 

Por eso, cuando un niño sufre, el evangelio nos obliga a detenernos, a quitarnos las sandalias, porque pisamos tierra sagrada. En el rostro del niño enfermo se transparenta el rostro mismo de Cristo doliente.

La enfermedad incurable plantea preguntas sin respuesta fácil. ¿Por qué tan pronto el dolor? ¿Por qué cuando la vida apenas comienza? La fe no pretende ofrecer explicaciones cerradas ni justificaciones que hieran más de lo que consuelan. La Biblia es honesta: sabe gritar, sabe lamentarse, sabe preguntar. Los salmos están llenos de ese clamor: «¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? ¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? ¿Hasta cuándo he de estar preocupado, con el corazón apenado todo el día?» (Sal 13,2-3).

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Orar por los niños enfermos es también unir nuestra voz a ese grito, sin censurarlo, presentándolo tal como es ante Dios.

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Pero, junto al grito, la Palabra abre un espacio de confianza. El Dios bíblico no promete una vida sin lágrimas, pero sí su cercanía fiel: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo» (Sal 23,4). Esta promesa sostiene a tantos padres y madres que velan noches enteras junto a una cama de hospital, aprendiendo una forma nueva y dura de amar. Su esperanza no siempre es la curación, sino la certeza de no estar solos, de que su amor, verdadero, aunque cansado y limitado, está abrazado por un Amor mayor.

La intención del papa subraya la necesidad de atención médica y apoyo integral. La fe cristiana nunca separa la compasión espiritual del cuidado concreto. Jesús curaba cuerpos y almas; tocaba las heridas, se acercaba a los excluidos, devolvía dignidad. 

Orar por estos niños implica también pedir corazones sensibles, manos competentes, sistemas sanitarios justos, profesionales capaces de unir ciencia y humanidad. Cada gesto de cuidado, cada alivio del dolor, cada palabra de ternura es un reflejo del Dios que «cura los corazones desgarrados» (Sal 147,3).

Incluso cuando la medicina no puede curar, siempre puede cuidar. La fe cristiana afirma con fuerza que toda vida tiene valor, también cuando está marcada por la fragilidad extrema. Ningún niño es un error, ninguna existencia es inútil. A los ojos de Dios, cada uno es único, irrepetible, amado desde antes de nacer: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno» (Sal 139,13). Esta certeza sostiene la esperanza cuando todo parece perdido.

La esperanza cristiana no niega la muerte, pero la atraviesa. Sabemos que Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (cf. Jn 11,35). Dios no se avergüenza de nuestras lágrimas; al contrario, las recoge. Y en la Pascua de Cristo, el dolor no tiene la última palabra. Para los niños que mueren demasiado pronto, la fe se atreve a confiar en un abrazo definitivo, en una vida transfigurada donde «ya no habrá llanto ni dolor» (Ap 21,4).

Orar por estos niños y sus familias es, también, dejar que su sufrimiento nos transforme. Nos llama a ser una Iglesia más compasiva, menos apresurada en juzgar, más capaz de acompañar. Una Iglesia que no huye del dolor, sino que permanece junto a la cruz, como María, sin respuestas fáciles, pero sin abandonar el amor.

Que esta intención de oración se convierta en súplica humilde: Señor, sostén a los niños que sufren y a quienes los aman. Dales consuelo en la noche, fuerza en el cansancio, esperanza en medio de la prueba. Y a nosotros, concédenos un corazón compasivo, para que, aun en medio del misterio del dolor, se haga visible tu reino de vida, de ternura y de paz. Amén.

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La revista LOM agradece al P. Ciro García su colaboración mensual durante todos estos años en los que nos ha acercado las intenciones misioneras del Santo Padre. A partir de este número recoge el testigo de esta sección el P. Eduardo Sanz. ¡BIENVENIDO!

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Zimbabwe

La intención de oración del papa para el mes de febrero nos introduce en un territorio sagrado y doloroso a la vez: el sufrimiento de los niños que padecen enfermedades incurables y la herida abierta en el corazón de sus familias.  

Allí donde la vida se manifiesta frágil y vulnerable, la fe cristiana se atreve a pronunciar una palabra que no anestesia el dolor, pero lo acompaña: esperanza. No una esperanza ingenua ni evasiva, sino la que brota del saberse sostenidos por Dios, incluso cuando el camino atraviesa valles oscuros.

La Escritura conoce bien el llanto de los pequeños y el clamor de quienes los cuidan. Afirma con claridad que el Señor escucha el grito de los débiles y se inclina hacia ellos. «¿Puede una madre no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49,15). En estas palabras resuena una promesa firme: ningún niño que sufre, ninguna familia desgarrada por la enfermedad, queda fuera de la memoria amorosa de Dios.

Jesús mismo colocó a los niños en el centro de su Reino. Los tomó en brazos, los bendijo y dijo que a quienes se les parecen pertenece el Reino de los cielos (cf. Mc 10,13-16). No los idealizó ni los utilizó como símbolo abstracto, sino que los miró en su realidad concreta, vulnerable y necesitada. 

Por eso, cuando un niño sufre, el evangelio nos obliga a detenernos, a quitarnos las sandalias, porque pisamos tierra sagrada. En el rostro del niño enfermo se transparenta el rostro mismo de Cristo doliente.

La enfermedad incurable plantea preguntas sin respuesta fácil. ¿Por qué tan pronto el dolor? ¿Por qué cuando la vida apenas comienza? La fe no pretende ofrecer explicaciones cerradas ni justificaciones que hieran más de lo que consuelan. La Biblia es honesta: sabe gritar, sabe lamentarse, sabe preguntar. Los salmos están llenos de ese clamor: «¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? ¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? ¿Hasta cuándo he de estar preocupado, con el corazón apenado todo el día?» (Sal 13,2-3).

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Orar por los niños enfermos es también unir nuestra voz a ese grito, sin censurarlo, presentándolo tal como es ante Dios.

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Pero, junto al grito, la Palabra abre un espacio de confianza. El Dios bíblico no promete una vida sin lágrimas, pero sí su cercanía fiel: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo» (Sal 23,4). Esta promesa sostiene a tantos padres y madres que velan noches enteras junto a una cama de hospital, aprendiendo una forma nueva y dura de amar. Su esperanza no siempre es la curación, sino la certeza de no estar solos, de que su amor, verdadero, aunque cansado y limitado, está abrazado por un Amor mayor.

La intención del papa subraya la necesidad de atención médica y apoyo integral. La fe cristiana nunca separa la compasión espiritual del cuidado concreto. Jesús curaba cuerpos y almas; tocaba las heridas, se acercaba a los excluidos, devolvía dignidad. 

Orar por estos niños implica también pedir corazones sensibles, manos competentes, sistemas sanitarios justos, profesionales capaces de unir ciencia y humanidad. Cada gesto de cuidado, cada alivio del dolor, cada palabra de ternura es un reflejo del Dios que «cura los corazones desgarrados» (Sal 147,3).

Incluso cuando la medicina no puede curar, siempre puede cuidar. La fe cristiana afirma con fuerza que toda vida tiene valor, también cuando está marcada por la fragilidad extrema. Ningún niño es un error, ninguna existencia es inútil. A los ojos de Dios, cada uno es único, irrepetible, amado desde antes de nacer: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno» (Sal 139,13). Esta certeza sostiene la esperanza cuando todo parece perdido.

La esperanza cristiana no niega la muerte, pero la atraviesa. Sabemos que Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (cf. Jn 11,35). Dios no se avergüenza de nuestras lágrimas; al contrario, las recoge. Y en la Pascua de Cristo, el dolor no tiene la última palabra. Para los niños que mueren demasiado pronto, la fe se atreve a confiar en un abrazo definitivo, en una vida transfigurada donde «ya no habrá llanto ni dolor» (Ap 21,4).

Orar por estos niños y sus familias es, también, dejar que su sufrimiento nos transforme. Nos llama a ser una Iglesia más compasiva, menos apresurada en juzgar, más capaz de acompañar. Una Iglesia que no huye del dolor, sino que permanece junto a la cruz, como María, sin respuestas fáciles, pero sin abandonar el amor.

Que esta intención de oración se convierta en súplica humilde: Señor, sostén a los niños que sufren y a quienes los aman. Dales consuelo en la noche, fuerza en el cansancio, esperanza en medio de la prueba. Y a nosotros, concédenos un corazón compasivo, para que, aun en medio del misterio del dolor, se haga visible tu reino de vida, de ternura y de paz. Amén.

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La revista LOM agradece al P. Ciro García su colaboración mensual durante todos estos años en los que nos ha acercado las intenciones misioneras del Santo Padre. A partir de este número recoge el testigo de esta sección el P. Eduardo Sanz. ¡BIENVENIDO!

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