Esta peregrinación a las raíces de la fe cristiana quedará grabada en la memoria de las Iglesias de Oriente como un signo luminoso de esperanza y comunión.
En Turquía «Un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo»
Bajo este lema paulino, el Santo Padre pisó la tierra de Asia Menor, cuna de los ocho primeros concilios ecuménicos. El momento culminante de esta etapa fue la conmemoración solemne del 1700º. aniversario del Concilio de Nicea en Iznik, allí mismo donde, en el año 325, los Padres conciliares establecieron el Credo que seguimos proclamando hoy. El Papa firmó con el Patriarca Ecuménico Bartolomé I una declaración conjunta, manifestando la voluntad de las Iglesias de caminar juntas hacia la unidad visible. León XIV celebró también la Divina Liturgia en la iglesia patriarcal de San Jorge en Estambul —lugar que fue testigo del histórico encuentro entre Pablo VI y el patriarca Atenágoras— y se reunió con representantes de las distintas Iglesias cristianas presentes en esta tierra bendita donde san Pablo anunció el Evangelio.
En el Líbano «Bienaventurados los que trabajan por la paz»
El domingo 30 de noviembre, el Sucesor de Pedro llegó al país del Cedro con un mensaje de paz para esta nación tan probada. Al concluir su discurso ante las autoridades civiles, el Santo Padre reservó una grata sorpresa: se dirigió al monasterio de nuestras hermanas Carmelitas Descalzas de la Theotokos en Harissa, una visita que no figuraba en el programa oficial. Durante media hora, saludó a cada hermana personalmente, recordándoles tres palabras esenciales de su vocación contemplativa: humildad, oración y sacrificio. Tras rezar juntos el Padrenuestro, les impartió su bendición apostólica. Un gesto elocuente de la estima que el Santo Padre profesa a la vida contemplativa carmelitana.
A la mañana siguiente, el Papa acudió al monasterio de San Marón en Annaya para orar ante la tumba de san Charbel Makhlouf. Fue un momento histórico: por primera vez un Sumo Pontífice visitaba este lugar emblemático de la espiritualidad maronita. Los fieles aguardaban desde el amanecer bajo la lluvia, con el corazón lleno de alegría. Ante los restos de este monje ermitaño cuya vida contemplativa sigue atrayendo a peregrinos de todas las confesiones, el Santo Padre declaró: «Pedimos la paz. La imploramos especialmente para el Líbano y para todo el Levante», encomendando a la intercesión del santo las necesidades de la Iglesia y del país.
Posteriormente, el Papa se trasladó al santuario de Nuestra Señora del Líbano en Harissa, donde se encontró con obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y agentes pastorales. En la basílica construida en forma de proa de nave fenicia, al pie de la estatua de la Virgen con los brazos abiertos que abraza a todo el pueblo libanés, León XIV pronunció un mensaje cargado de esperanza: «Si queremos construir la paz, anclémonos en el cielo y, firmemente orientados hacia él, amemos sin temer perder lo que pasa, y demos sin medida».
El encuentro ecuménico e interreligioso en la Plaza de los Mártires de Beirut constituyó otro momento de profunda intensidad: bajo una gran carpa levantada para la ocasión, los líderes de las distintas comunidades religiosas del Líbano se reunieron en torno al Papa y plantaron juntos un olivo, símbolo de paz y fraternidad. Un gesto portador de esperanza, aunque la concordia mostrada por los responsables religiosos aún requiere conversión y humildad para traducirse en actos auténticos de paz.
Cerca de 15 000 jóvenes llegados de todo el Líbano, pero también de Siria, Irak y Egipto, recibieron al Santo Padre en el Patriarcado maronita de Bkerké en un clima de alegría y esperanza. «¡Ustedes son el presente y en sus manos ya se está construyendo el futuro! Y tienen el entusiasmo para cambiar el curso de la historia. La verdadera resistencia al mal no es el mal, sino el amor, capaz de curar las propias heridas mientras sana las de los demás! ¡Sean la savia de esperanza que el país espera!», les dijo León XIV, exhortándoles a permanecer arraigados en Cristo como el cedro en su tierra.
El último día, el Papa visitó el Hospital de la Cruz de las Hermanas Franciscanas, donde se encontró con la comunidad religiosa, los pacientes acogidos y el personal sanitario. Un momento intenso, marcado por una compasión profunda y palpable. Después se dirigió al lugar de la explosión del puerto de Beirut para un tiempo de recogimiento en silencio, encontrándose con familias de víctimas que, cinco años después de la tragedia, siguen clamando justicia.
Más tarde, ante más de 150.000 fieles congregados en el paseo marítimo de la capital, celebró la Eucaristía y lanzó un llamamiento vibrante: Queridos cristianos del Levante, cuando los resultados de sus esfuerzos de paz tardan en llegar, los invito a alzar la mirada al Señor que viene. Contemplémoslo con esperanza y valentía, invitando a todos a recorrer el camino de la convivencia, la fraternidad y la paz. ¡Sean constructores de paz, anunciadores de paz, testigos de paz!»
Antes de partir del Líbano, el Santo Padre pronunció en francés unas palabras que conmovieron profundamente al país:
«Finalmente, a ustedes, cristianos del Levante, ciudadanos de estas tierras por derecho propio, les repito: ¡ánimo! Toda la Iglesia los mira con afecto y admiración. Que la Bienaventurada Virgen María, Nuestra Señora de Harissa, los proteja siempre».
Con esta visita, recordó la doble dimensión de la vocación cristiana: la dimensión vertical, «ser de Dios», y la dimensión horizontal, «ser con y para los demás», llamando a cada uno a darse hasta el final.La Iglesia ha sentido verdaderamente que el Señor visitaba a su pueblo.
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Esta peregrinación a las raíces de la fe cristiana quedará grabada en la memoria de las Iglesias de Oriente como un signo luminoso de esperanza y comunión.
En Turquía «Un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo»
Bajo este lema paulino, el Santo Padre pisó la tierra de Asia Menor, cuna de los ocho primeros concilios ecuménicos. El momento culminante de esta etapa fue la conmemoración solemne del 1700º. aniversario del Concilio de Nicea en Iznik, allí mismo donde, en el año 325, los Padres conciliares establecieron el Credo que seguimos proclamando hoy. El Papa firmó con el Patriarca Ecuménico Bartolomé I una declaración conjunta, manifestando la voluntad de las Iglesias de caminar juntas hacia la unidad visible. León XIV celebró también la Divina Liturgia en la iglesia patriarcal de San Jorge en Estambul —lugar que fue testigo del histórico encuentro entre Pablo VI y el patriarca Atenágoras— y se reunió con representantes de las distintas Iglesias cristianas presentes en esta tierra bendita donde san Pablo anunció el Evangelio.
En el Líbano «Bienaventurados los que trabajan por la paz»
El domingo 30 de noviembre, el Sucesor de Pedro llegó al país del Cedro con un mensaje de paz para esta nación tan probada. Al concluir su discurso ante las autoridades civiles, el Santo Padre reservó una grata sorpresa: se dirigió al monasterio de nuestras hermanas Carmelitas Descalzas de la Theotokos en Harissa, una visita que no figuraba en el programa oficial. Durante media hora, saludó a cada hermana personalmente, recordándoles tres palabras esenciales de su vocación contemplativa: humildad, oración y sacrificio. Tras rezar juntos el Padrenuestro, les impartió su bendición apostólica. Un gesto elocuente de la estima que el Santo Padre profesa a la vida contemplativa carmelitana.
A la mañana siguiente, el Papa acudió al monasterio de San Marón en Annaya para orar ante la tumba de san Charbel Makhlouf. Fue un momento histórico: por primera vez un Sumo Pontífice visitaba este lugar emblemático de la espiritualidad maronita. Los fieles aguardaban desde el amanecer bajo la lluvia, con el corazón lleno de alegría. Ante los restos de este monje ermitaño cuya vida contemplativa sigue atrayendo a peregrinos de todas las confesiones, el Santo Padre declaró: «Pedimos la paz. La imploramos especialmente para el Líbano y para todo el Levante», encomendando a la intercesión del santo las necesidades de la Iglesia y del país.
Posteriormente, el Papa se trasladó al santuario de Nuestra Señora del Líbano en Harissa, donde se encontró con obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y agentes pastorales. En la basílica construida en forma de proa de nave fenicia, al pie de la estatua de la Virgen con los brazos abiertos que abraza a todo el pueblo libanés, León XIV pronunció un mensaje cargado de esperanza: «Si queremos construir la paz, anclémonos en el cielo y, firmemente orientados hacia él, amemos sin temer perder lo que pasa, y demos sin medida».
El encuentro ecuménico e interreligioso en la Plaza de los Mártires de Beirut constituyó otro momento de profunda intensidad: bajo una gran carpa levantada para la ocasión, los líderes de las distintas comunidades religiosas del Líbano se reunieron en torno al Papa y plantaron juntos un olivo, símbolo de paz y fraternidad. Un gesto portador de esperanza, aunque la concordia mostrada por los responsables religiosos aún requiere conversión y humildad para traducirse en actos auténticos de paz.
Cerca de 15 000 jóvenes llegados de todo el Líbano, pero también de Siria, Irak y Egipto, recibieron al Santo Padre en el Patriarcado maronita de Bkerké en un clima de alegría y esperanza. «¡Ustedes son el presente y en sus manos ya se está construyendo el futuro! Y tienen el entusiasmo para cambiar el curso de la historia. La verdadera resistencia al mal no es el mal, sino el amor, capaz de curar las propias heridas mientras sana las de los demás! ¡Sean la savia de esperanza que el país espera!», les dijo León XIV, exhortándoles a permanecer arraigados en Cristo como el cedro en su tierra.
El último día, el Papa visitó el Hospital de la Cruz de las Hermanas Franciscanas, donde se encontró con la comunidad religiosa, los pacientes acogidos y el personal sanitario. Un momento intenso, marcado por una compasión profunda y palpable. Después se dirigió al lugar de la explosión del puerto de Beirut para un tiempo de recogimiento en silencio, encontrándose con familias de víctimas que, cinco años después de la tragedia, siguen clamando justicia.
Más tarde, ante más de 150.000 fieles congregados en el paseo marítimo de la capital, celebró la Eucaristía y lanzó un llamamiento vibrante: Queridos cristianos del Levante, cuando los resultados de sus esfuerzos de paz tardan en llegar, los invito a alzar la mirada al Señor que viene. Contemplémoslo con esperanza y valentía, invitando a todos a recorrer el camino de la convivencia, la fraternidad y la paz. ¡Sean constructores de paz, anunciadores de paz, testigos de paz!»
Antes de partir del Líbano, el Santo Padre pronunció en francés unas palabras que conmovieron profundamente al país:
«Finalmente, a ustedes, cristianos del Levante, ciudadanos de estas tierras por derecho propio, les repito: ¡ánimo! Toda la Iglesia los mira con afecto y admiración. Que la Bienaventurada Virgen María, Nuestra Señora de Harissa, los proteja siempre».
Con esta visita, recordó la doble dimensión de la vocación cristiana: la dimensión vertical, «ser de Dios», y la dimensión horizontal, «ser con y para los demás», llamando a cada uno a darse hasta el final.La Iglesia ha sentido verdaderamente que el Señor visitaba a su pueblo.




