Esta cadena de tragedias ha provocado un éxodo masivo, especialmente entre los jóvenes, agotados por una vida marcada por la inestabilidad.
La situación de los cristianos de las aldeas fronterizas
Las aldeas cristianas del sur —como Qlayaa, Marjayoun, Alma al Chaab o Rmeich— viven bajo bombardeos constantes. Aunque el ejército israelí ordenó evacuaciones, muchos habitantes decidieron quedarse para evitar un nuevo éxodo y preservar sus tierras, temiendo que una retirada definitiva abra paso a una zona tampón deshabitada. Permanecer, para ellos, significa proteger su identidad, su historia y evitar el uso de sus terrenos por parte de Hezbollah, lo que atraería más ataques.
Mártires de la presencia cristiana
Esta decisión ha tenido un costo doloroso. El 8 de marzo fue asesinado Sami Ghafari mientras trabajaba cerca de su casa, y un día después murió el padre Pierre al Raï durante un bombardeo mientras socorría heridos. Sus palabras finales, transmitidas horas antes, expresaban su compromiso con la tierra y la fe.
Sus funerales, a los que asistieron obispos y el Nuncio Apostólico, se convirtieron en un signo de comunión y de apoyo de la Iglesia universal.
La elección imposible: la vida o la casa
El 10 de marzo, los últimos habitantes de Alma al Chaab fueron evacuados por la FINUL tras más de una semana refugiados en una iglesia. Muchos expresaron que su partida no era un desplazamiento voluntario, sino una expulsión forzada. Salieron con lo mínimo, llevando consigo el Evangelio como único símbolo de esperanza. La elección entre preservar la vida o permanecer en la casa ancestral es un drama que pesa profundamente en estas comunidades.
El miedo a un borrado definitivo
Lo que más aterra a los cristianos del sur no es solo la guerra actual, sino el riesgo de desaparecer de su territorio histórico. La preparación de una posible zona tampón israelí despierta recuerdos del éxodo de 1975 1990, 1982 y 2006, cuando muchos se marcharon y nunca regresaron. La población se pregunta hasta cuándo deberá soportar una guerra que, afirman, no ha sido elegida.
El peso de una conciencia cristiana
En contraste con 2006, cuando los cristianos acogieron masivamente a desplazados del sur, hoy existe una fuerte reticencia a recibir familias vinculadas a Hezbollah. El cansancio, el temor a represalias y la percepción de que el grupo actúa por intereses ajenos al país marcan esta desconfianza. Aun así, las comunidades cristianas continúan acogiendo a familias conocidas o especialmente vulnerables, aunque con un profundo conflicto moral: el Evangelio exige misericordia sin condiciones, pero las heridas y el miedo limitan lo posible.
La Iglesia: último bastión en pie
Ante el colapso del Estado, es la Iglesia quien sostiene a la población mediante parroquias, conventos, escuelas y obras caritativas. Religiosas y sacerdotes acogen familias, envían alimentos a aldeas aisladas y organizan ayuda de emergencia. Cáritas ha ampliado sus centros de asistencia. La diáspora en múltiples países mantiene su apoyo espiritual y material, indispensable para atender a los heridos, alimentar familias y mantener abiertas las escuelas.
Somos el Líbano
Los cristianos, cerca del 35-40% de la población, forman parte esencial de la identidad histórica del país. No son una minoría pasajera, sino un componente fundamental del tejido libanés desde los primeros siglos del cristianismo. Aspiran a vivir en paz y en convivencia con musulmanes, drusos y todas las comunidades.
A pesar de que el país “arde”, cada gesto de solidaridad y cada familia que resiste en su tierra es un testimonio de fe y esperanza. ¡NOS QUEDAREMOS!, no por obstinación, sino por fidelidad a la vocación de esperanza que sostienen desde hace generaciones.
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Esta cadena de tragedias ha provocado un éxodo masivo, especialmente entre los jóvenes, agotados por una vida marcada por la inestabilidad.
La situación de los cristianos de las aldeas fronterizas
Las aldeas cristianas del sur —como Qlayaa, Marjayoun, Alma al Chaab o Rmeich— viven bajo bombardeos constantes. Aunque el ejército israelí ordenó evacuaciones, muchos habitantes decidieron quedarse para evitar un nuevo éxodo y preservar sus tierras, temiendo que una retirada definitiva abra paso a una zona tampón deshabitada. Permanecer, para ellos, significa proteger su identidad, su historia y evitar el uso de sus terrenos por parte de Hezbollah, lo que atraería más ataques.
Mártires de la presencia cristiana
Esta decisión ha tenido un costo doloroso. El 8 de marzo fue asesinado Sami Ghafari mientras trabajaba cerca de su casa, y un día después murió el padre Pierre al Raï durante un bombardeo mientras socorría heridos. Sus palabras finales, transmitidas horas antes, expresaban su compromiso con la tierra y la fe.
Sus funerales, a los que asistieron obispos y el Nuncio Apostólico, se convirtieron en un signo de comunión y de apoyo de la Iglesia universal.
La elección imposible: la vida o la casa
El 10 de marzo, los últimos habitantes de Alma al Chaab fueron evacuados por la FINUL tras más de una semana refugiados en una iglesia. Muchos expresaron que su partida no era un desplazamiento voluntario, sino una expulsión forzada. Salieron con lo mínimo, llevando consigo el Evangelio como único símbolo de esperanza. La elección entre preservar la vida o permanecer en la casa ancestral es un drama que pesa profundamente en estas comunidades.
El miedo a un borrado definitivo
Lo que más aterra a los cristianos del sur no es solo la guerra actual, sino el riesgo de desaparecer de su territorio histórico. La preparación de una posible zona tampón israelí despierta recuerdos del éxodo de 1975 1990, 1982 y 2006, cuando muchos se marcharon y nunca regresaron. La población se pregunta hasta cuándo deberá soportar una guerra que, afirman, no ha sido elegida.
El peso de una conciencia cristiana
En contraste con 2006, cuando los cristianos acogieron masivamente a desplazados del sur, hoy existe una fuerte reticencia a recibir familias vinculadas a Hezbollah. El cansancio, el temor a represalias y la percepción de que el grupo actúa por intereses ajenos al país marcan esta desconfianza. Aun así, las comunidades cristianas continúan acogiendo a familias conocidas o especialmente vulnerables, aunque con un profundo conflicto moral: el Evangelio exige misericordia sin condiciones, pero las heridas y el miedo limitan lo posible.
La Iglesia: último bastión en pie
Ante el colapso del Estado, es la Iglesia quien sostiene a la población mediante parroquias, conventos, escuelas y obras caritativas. Religiosas y sacerdotes acogen familias, envían alimentos a aldeas aisladas y organizan ayuda de emergencia. Cáritas ha ampliado sus centros de asistencia. La diáspora en múltiples países mantiene su apoyo espiritual y material, indispensable para atender a los heridos, alimentar familias y mantener abiertas las escuelas.
Somos el Líbano
Los cristianos, cerca del 35-40% de la población, forman parte esencial de la identidad histórica del país. No son una minoría pasajera, sino un componente fundamental del tejido libanés desde los primeros siglos del cristianismo. Aspiran a vivir en paz y en convivencia con musulmanes, drusos y todas las comunidades.
A pesar de que el país “arde”, cada gesto de solidaridad y cada familia que resiste en su tierra es un testimonio de fe y esperanza. ¡NOS QUEDAREMOS!, no por obstinación, sino por fidelidad a la vocación de esperanza que sostienen desde hace generaciones.






