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En los últimos meses, hemos reflexionado sobre la compleja realidad que vive Venezuela. Lamentablemente, no es el único país que sufre las consecuencias de gestiones políticas que han conducido a amplios sectores de la población a situaciones de grave precariedad. Son contextos donde cada día resulta más difícil sostener condiciones de vida dignas.
En esta ocasión deseo expresar, de manera particular, mi cercanía y solidaridad con el pueblo cubano. En Cuba, los Carmelitas Descalzos contamos con una presencia pequeña en número, pero significativa en su valor testimonial. Nuestros hermanos, desde el convento de La Habana, continúan ofreciendo un acompañamiento espiritual fiel y constante, recordando a todos que, aun en medio de las dificultades, Dios permanece cercano y no abandona a su pueblo. He podido constatar personalmente cómo muchas personas y familias encuentran allí un espacio de fe, consuelo y paz interior.
También las Carmelitas Descalzas, sostienen con generosidad, su vocación en condiciones económicas muy limitadas. Hace algunos años se hizo público el llamamiento en favor de una comunidad que, debido a la escasez, llegó a carecer de los recursos necesarios para elaborar las formas destinadas a la Eucaristía. Este hecho reflejaba con claridad la fragilidad material en la que viven muchas realidades eclesiales del país.
A pesar de todo, el pueblo cubano ha demostrado una notable fortaleza humana y espiritual. La situación social y económica, agravada por diversos factores internos y externos, hace cada vez más urgente un horizonte de renovación. Confiamos en que puedan abrirse caminos de cambio pacífico que permitan al pueblo decidir libremente su futuro y asumir con responsabilidad la tarea de reconstrucción nacional, en un clima de respeto, justicia y reconciliación.
La Iglesia, aun en medio de sus limitaciones, desea seguir siendo signo de esperanza y espacio de encuentro. Nuestra presencia, humilde pero constante, quiere acompañar los anhelos más profundos del pueblo cubano, sosteniendo la fe, promoviendo la dignidad de cada persona y alentando la confianza en un mañana mejor.
Cuba es una tierra de gran riqueza humana y cultural, especialmente en sus jóvenes, que sueñan con oportunidades más dignas. Recuerdo las palabras de un joven que, mirando al mar, me decía con emoción: “Padre, algún día me gustaría cruzar este mar, estudiar y trabajar para ayudar a mi familia. Quisiera ser médico y servir a los demás”. En ese deseo se refleja la esperanza de toda una generación.
Que nuestra oración y cercanía acompañen siempre al pueblo cubano en su camino.