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Me sucedió hace unos días, visitando un monasterio de religiosas. Salí del coche para tocar el timbre, avisarles de mi llegada y pedir que me abriesen el portón. Junto a la puerta principal estaba sentado un joven mendicante que disfrutaba, con una sonrisa, una pobre comida junto a su perro y acompañado de una gran mochila. A continuación, transcribo la breve conversación que mantuve con él: «Buenos días. Buenos días, padre. ¿Cómo estás? Hoy, feliz, porque es mi cumpleaños. Felicidades. ¿Cómo te llamas? Javier, padre. Encantado, y que cumplas muchos más. Padre, hoy soy feliz y suelo regalarme una comida especial. Que lo disfrutes y que Dios te bendiga, Javier».
Al regreso a mi convento, fui reflexionando sobre este diálogo que mantuve con Javier. En primer lugar, me llamó la atención su sonrisa, que no estaba provocada por el consumo de alcohol ni de drogas. Era una sonrisa sencilla y feliz. Segunda reflexión: rápidamente me di cuenta de que Javier deseaba decir que era su cumpleaños; quería compartirlo con alguien, pero ese alguien no aparecía y nadie quería acercarse por su «condición» de mendigo. Tercera reflexión: muchas veces nos encontramos con mendigos o personas necesitadas. A algunos los conocemos porque todos los días están en las puertas de nuestras iglesias o en las aceras que transitamos a diario. A algunos de ellos los saludamos, o ellos son los primeros en saludarnos. Pero rara vez —me incluyo— nos acercamos a preguntarles cómo se llaman o cómo les va la vida. Nos cuesta.
Hace un tiempo escuché el testimonio de una persona que vivía en la calle. Después de describir su impactante situación —había perdido una gran fortuna—, solo pedía algo: que la gente se acercara y saludara sin miedo; que les preguntara su nombre, nada más. Aquello me impactó y tocó mi corazón. En ocasiones, solemos acercarnos a este tipo de personas para darles una limosna o entregarles algo de comida. En pocas ocasiones nos acercamos a entablar un diálogo con ellas, a conocer sus historias e incluso a intentar ayudarlas, aunque bien sabemos que, en muchas ocasiones, también ellas son reacias a abrir sus corazones.
Javier no leerá esta carta-saludo. Tal vez no coincidiremos nunca más, pero esa tarde, su sencilla y feliz sonrisa, me emocionó. También me hizo recordar que las personas que viven en la calle, viven una gran soledad y que necesitan, además de ayudas concretas, una palabra y la cercanía de un amigo. Querido lector, querida lectora: he ahí un apostolado cercano y sencillo.