Visitar zonas azotadas o devastadas por catástrofes naturales o de conflictos armados, impresiona a cualquiera que se hace presente en esos lugares. Son visitas que marcan y quedan en el recuerdo ya que el testimonio real, directo, de las personas afectadas quedan grabadas para siempre.
Es lo que he podido constatar recientemente en una visita que he realizado a Valencia para conocer, en primera persona, la situación que viven tantas familias y personas que han visto perder, en cuestión de pocas horas, sus casas y pertenencias y muchos la propia vida. Han pasado varias semanas desde aquél terrible suceso del día 29 de octubre. Como podrán leer en el artículo que publicamos en este número, son muchas las preguntas que nos hacemos todos, no solo los damnificados por la catástrofe natural que, en realidad, son los que han padecido las graves consecuencias, sino la sociedad entera se pregunta, por ejemplo, por qué han tardado tanto en actuar cuando nuestro país tiene suficientes recursos materiales para poder responder de inmediato a la situación de emergencia.
Valoramos siempre el esfuerzo que realizan nuestras instituciones públicas en favor del bien común. Hay muchas iniciativas que nos ayudan a vivir mejor, con más recursos, por ejemplo, la sanidad que en general ofrece una atención cercana y profesional, aun pudiendo mejorar bastante esa atención. Gracias a una vida con gran dedicación y esfuerzo, una parte importante de nuestra sociedad, nuestros pensionistas, reciben, mensualmente, una pensión para vivir con dignidad, aún pudiendo mejorar esas cantidades. Todo esto lo valoramos y, recordemos, es un derecho de los ciudadanos, no un privilegio. Pero hay cuestiones que no podemos dejar de lado y requieren una reflexión y una crítica constructiva por parte de la sociedad hacia nuestros dirigentes políticos.
En ocasiones, lo hemos visto recientemente en esta emergencia, las distintas posiciones políticas o ideológicas se enfrentan entre ellos, mientras muchas personas y familias están sufriendo, incluso se están jugando la propia vida. No se puede aceptar que en este tipo de emergencias donde cada segundo es vital para salvar vidas, algunos dirigentes políticos estén en silencio o hagan declaraciones inoportunas. Hay que reaccionar con rapidez y con espíritu cívico por el bien de la sociedad. Hay que apartar las propias posiciones políticas para luchar por la dignidad y la vida de estas personas. Hay que apartar los discursos negativos, para ofrecer a la ciudadanía mensajes de apoyo y de unidad. Hay que concretar las ayudas que recibirán los damnificados, ayudándoles en los trámites burocráticos que obstaculizan, en ocasiones, la recepción de estas ayudas.
La generosidad de tantas personas e instituciones hace posible que los damnificados reciban inmediatamente ayudas y el apoyo que necesitan. La sociedad responde con rapidez ante la voz sufriente de los pueblos. Deseamos que nuestras instituciones políticas estén a la altura de las exigencias que requieren estas situaciones. Algunos lo han demostrado, otros están en silencio, pero nunca olvidemos que la voz del pueblo es el futuro de la sociedad.