Los viajes apostólicos de los sucesores de Pedro, son por una parte, un gran acontecimiento para las propias iglesias locales que confirman su fe en Dios y en su iglesia y por otra parte una gran oportunidad para toda la iglesia universal para conocer, con más detalle, la vida y la realidad tanto de estas iglesias como de sus respectivos países.
Fue Pablo VI el primer papa en salir de los muros vaticanos, para realizar una peregrinación a Tierra Santa. Fue en el año 1964 y esta peregrinación sirvió para afianzar las relaciones entre la iglesia católica y otras religiones y confesiones.
Juan XXIII y Juan Pablo I no realizaron ningún viaje apostólico, el primero, tal vez, por su edad avanzada y el segundo por el pontificado tan breve que duró solamente 33 días.
Fue Juan Pablo II quién recorrió el mundo en sus 104 viajes apostólicos confirmando en la fe a sus hermanos cristianos y promoviendo la paz y la justicia en tantos países azotados por guerras, dictaduras y hambre. De estos viajes siempre tuvimos mucha información gracias a la labor periodística que realizan los corresponsales que acompañan al Papa. Ellos nos acercan las celebraciones litúrgicas que reúnen a miles de personas (en algunas millones) y las visitas que realizan los Papas a centros sanitarios, cárceles y otros espacios donde el corazón del hombre necesita experimentar la cercanía y la compasión de Dios.
Benedicto XVI también realizó 25 viajes fuera de Italia. A pesar de su edad e incluso por su estilo más recogido quiso acercarse a algunas realidades de la Iglesia universal, por ejemplo, podemos recordar su viaje apostólico a Camerún y Angola en el 2009.
El Papa Francisco, en sus 45 viajes, ha visitado 64 países dando prioridad a las periferias. Recientemente, el obispo de Roma ha realizado su viaje más largo e intenso visitando entre los días 2 al 13 de septiembre Indonesia, Papúa Nueva Guinea, Timor Oriental y Singapur.
Estos viajes apostólicos son «una fiesta de la fe» que anima a los cristianos a seguir viviendo su fe con esperanza sabiendo que tanto el obispo de Roma como toda la Iglesia universal formamos, juntos, una gran familia que hace posible y visible el Reino de Dios en el mundo. Somos, insisto, una gran familia de hombres y mujeres que apasionados por la persona y el mensaje de Jesús, queremos ser sal y luz para que todos conozcan la belleza del evangelio y experimenten la grandeza del amor de Dios.