Recientemente, en una conversión entre amigos, escuché con tristeza, el poco interés que tenían algunas personas por peregrinar a Tierra Santa, lugar central de nuestra fe cristiana. Esta actitud de distanciamiento se viene produciendo desde hace años, fruto de las tensiones y conflictos que nos tienen acostumbrados los dirigentes de ambas realidades políticas que conviven en ese espacio pequeño, pero grande en la historia.
Todas las personas que han peregrinado a Tierra Santa han regresado con el corazón encendido y con otra manera de vivir la fe y profundizar en su misterio. No es un viaje cualquiera, tampoco es una peregrinación como otras que podemos realizar. Peregrinar a Tierra Santa supone, de alguna manera, introducirnos en el mismo misterio de la historia de nuestra fe y, de manera particular, de la vida de Jesús. En cada lugar sagrado, la luz de la fe nos introduce en cada escena y en cada palabra pronunciada por Jesús. La historia se revive con intensidad y con una esperanza que renueva el corazón del peregrino.
Peregrinar a Tierra Santa supone, además, compartir con otros hermanos peregrinos la identidad de sentirnos pueblo de Dios. En lugares como Jerusalén o Belén, los cristianos nos unimos en la misma fe como peregrinos que caminan juntos en la historia de la salvación. Nos sentimos pueblo, celebramos juntos la belleza de la fe. Lugares como Tierra Santa unen a los peregrinos de todo el mundo en un solo rebaño con un solo pastor. Esta experiencia de comunión anima a los cristianos a sentirse iglesia universal, parte de una gran familia de hijos de Dios.
La iglesia católica que vive en Tierra Santa no deja de animarnos a los cristianos a que peregrinemos a aquellas tierras, no solo por la experiencia de fe que hemos subrayado, también porque muchas familias cristianas y de otras confesiones viven o sobreviven en ocasiones gracias a la presencia de los grupos de peregrinos. Es, en realidad, la única manera que tienen muchos para disponer de una entrada económica y así mantener la familia.
Tierra Santa, la tierra de Jesús, donde nació el cristianismo, puede reducirse a una comunidad aún más pequeña. Nuestra actitud debe ser, en primer lugar, la oración pidiendo al Señor que proteja a las pequeñas comunidades cristianas. En segundo lugar, es necesario apoyar económicamente las campañas que realizamos en nuestras iglesias para que los centros de culto en Tierra Santa puedan disponer de los suficientes recursos. Y por último, los que estén capacitados, no dejen de vivir, allí mismo, una experiencia preciosa del misterio de la fe. No abandonemos la tierra de Jesús.