Nuestra sociedad se caracteriza, entre otras cosas, como sensible a temas solidarios o humanitarios. Cuando surgen catástrofes humanitarias, muchos de nosotros nos ponemos en contacto con distintos organismos para realizar un gesto de colaboración para las víctimas que generan este tipo situaciones. Somos solidarios y esto es un gran valor.
Los gestos que quiero resaltar en esta carta no están relacionados con grandes crisis humanitarias, sino con los pequeños gestos de cada día que muchas personas, con un corazón solidario, realizan con individuos concretos que conocen en su entorno. La crisis sanitaria que hemos padecido en estos últimos años, nos ha abierto más los ojos, ante situaciones delicadas que están viviendo muchas personas y familias de nuestro entorno. Estos, han perdido el miedo de reconocer que no llegan a cubrir las necesidades básicas que tienen en sus hogares. Han perdido el miedo de acercarse a pedir ayuda.
Conozco personalmente un caso de una madre joven, africana, que vino a España huyendo de la pobreza de su país. Su marido la abandonó y quedó prácticamente en la calle. Esta mujer consiguió llegar a España realizando un viaje peligroso poniendo en peligro su vida y la de su pequeña hija. Recién llegada, comenzó a tocar distintas puertas para pedir un refugio, una acogida. Algunas puertas las encontró cerradas, pero otras, en cambio, se abrieron para ofrecerle una oportunidad.
Esta joven madre perdió el miedo de pedir ayuda. También recurrió a mí; pronto comenzamos a ofrecerle toda nuestra ayuda para que pudiera sacar adelante a su pequeña familia. No tardamos en organizar una red de colaboradores que, sin grandes esfuerzos, ha supuesto para ella y para su hija una esperanza para vivir con dignidad. Muchas veces me lo ha recordado: «P. Jon, qué grande es la fe y qué grande es la Iglesia donde encuentro buenos hermanos». Esta experiencia la viven muchas personas que se acercan a la iglesia, donde encuentran un espacio de acogida, acompañamiento y son integrados, a la vez, en la vida de la comunidad cristiana.
Querido lector, nunca dejes de hacer gestos concretos de solidaridad. Lo más importante no es la cantidad sino la intención del corazón. Cualquier gesto es importante, también la de saber escuchar a las personas. Ofrecer, incluso, un tiempo determinado para realizar una actividad de voluntariado es un gran gesto que Dios nos premiará. Lo suelo repetir a menudo, que los grandes problemas de la sociedad no lo solucionarán las leyes, sino los gestos concretos de cada día que humanizar más la vida de la sociedad y configuran nuestro corazón hacia los valores del Evangelio.