La reflexión de este mes la quiero enfocar hacia nuestra juventud que, en nuestras familias y realidades, son un gran valor y cuyas vidas son la esperanza de la humanidad y de la Iglesia.
Muchos especialistas del ámbito de la sociología publican, anualmente, interesantes estudios sobre la radiografía de la juventud. Me refiero, especialmente, a la realidad española aunque es obvio que en otros continentes también habrá universidades o instituciones que aporten estudios sobre la realidad de la juventud de hoy. No quiero detenerme en las conclusiones, algunas bien argumentadas otras necesitarían un contraste más amplio. Remito al lector a estos estudios que encontrará en las redes sociales o en las publicaciones correspondientes. En esta reflexión quisiera hacer algunas observaciones personales:
En primer lugar, el valor de la familia. Nuestros jóvenes necesitan vivir y crecer en un ámbito estable de amor como es una familia. La dificultad para la conciliación no favorece, al menos en nuestro ámbito, la convivencia enriquecedora de la familia que puede verse reducida a unos pocos encuentros. No olvidemos que, para nuestros jóvenes, los padres son los primeros modelos y testigos de los valores que marcarán sus vidas. El corazón del joven se va moldeando en el seno de la familia. En nuestro “viejo continente” observamos este distanciamiento que se está dando entre los jóvenes y sus padres, realidad que, en otros continentes se cuida, tal vez más, por las precarias condiciones económicas y los espacios de convivencia que, inevitablemente, están llamados a compartir.
El valor de una buena educación. La familia, decimos, es la primera escuela de vida pero el espacio donde nuestros niños y jóvenes pasan gran parte de sus vidas son los centros educativos. Observamos, con preocupación, que en los últimos años, prácticamente en todos los continentes aunque menos en África, las leyes promulgadas por los gobiernos están generando una preocupación tanto en las familias como en los agentes educativos, no todos católicos o creyentes. La “nueva antropología” que se está trabajando ya desde hace años, desorienta a muchos jóvenes en sus decisiones vitales, sin olvidarnos del ámbito afectivo y sexual.
El valor del acompañamiento. La Iglesia siempre ha ofrecido a nuestros jóvenes espacios de crecimiento en la fe así como actividades apostólicas culturales y deportivos. En Europa estos espacios se están perdiendo aunque observamos que algunas parroquias están volviendo a esta pastoral. En otros continentes, los espacios religiosos son los únicos espacios donde los jóvenes, también las familias, encuentran un espacio de convivencia y de acompañamiento humano y espiritual. La Iglesia tiene que tomar en serio este campo que, además de servir como base a una pastoral juvenil-vocacional, garantiza el buen crecimiento de los jóvenes.
Los jóvenes observan la realidad del mundo y la sociedad concreta donde viven. Observan los grandes cambios que se están produciendo y que, no todos, les ayudan en su crecimiento. Los jóvenes esperan de nosotros, de la Iglesia en general, que les ofrezcamos un proyecto de vida que les haga crecer como personas y como cristianos. La Iglesia está en camino, les abre sus puertas y les tiende su mano.