La Obra Máxima

En abril, aguas mil

Lluvias torrenciales en Ecuador

Mons. Aníbal Nieto ocd

«Abril, aguas mil» es uno de los refranes populares de la costa ecuatoriana que transmite la sabiduría ancestral de generación en generación. Este refrán advierte que el cuarto mes del año es especialmente lluvioso, por lo que el ritmo de vida en todas sus dimensiones, como la económica, social y religiosa, se verá influenciado en mayor o menor medida por las lluvias.

Zimbabwe

Nada podría estar más cerca de la verdad. Durante las últimas doce semanas, el Ecuador ha experimentado continuas lluvias torrenciales que han causado pérdidas irreparables de vidas humanas por deslaves que arrasaron comunidades enteras, inundaciones, pérdida de bienes materiales, de cultivos y de infraestructura vial, además de un aumento de enfermedades ocasionadas por el deterioro de la situación sanitaria. 

Concretamente en nuestro territorio diocesano, mayormente rural y con extensas áreas en donde viven miles de familias en asentamientos irregulares con viviendas improvisadas, sin servicios básicos de salud ni alcantarillado, las inundaciones por las lluvias y la crecida de ríos han causado estragos que agravan la supervivencia de los más pobres, quienes sufren en mayor medida las consecuencias. El albañil que vive al día y que no puede trabajar por las lluvias no sabe cómo llevar el sustento diario a su familia, el campesino que perdió los sembrados y la cosecha de todo un año junto a los animales que no pudo rescatar, los jubilados que perdieron sus enseres, colchones y electrodomésticos cuando el nivel del agua subió hasta medio metro y tuvieron que abandonar la vivienda en medio de una madrugada tormentosa…

El dolor de estos hermanos que sufren se entremezclaba con los misterios de la Pasión del Señor. 

Bastaba solo con un poquito de fe para descubrir el rostro de Jesús crucificado en el desconsuelo de tantas familias en angustia que de manera espontánea se dirigían a las parroquias buscando alivio material o rezando por un milagro espectacular que hiciera retroceder las aguas. En esta realidad, reafirmamos que para vivir una «santa Semana Santa», preparar el corazón y nuestro interior con gestos concretos de solidaridad hacia los que sufren es un camino necesario para encontrarnos con el Señor, pues «todo lo que hiciste con estos, los pequeños, conmigo lo hiciste».

Así, desde nuestras limitaciones y carencias económicas, desde lo humilde y sencillo, vivimos unos días santos no solo con multitudinarias procesiones, animados Viacrucis, jornadas de confesión y oración organizadas en todas las parroquias de nuestra jurisdicción, sino también comprometidos en llevar el mayor alivio posible a las familias damnificadas por los efectos de la temporada invernal. Promovimos una colecta diocesana para ese fin, organizamos proyectos de emergencia con ayuda de empresas e instituciones dentro y fuera del Ecuador y revitalizamos los grupos de la Pastoral Social en todo nuestro territorio. Los frutos de este esfuerzo por parte de toda la Iglesia, aunque insignificantes en comparación con la magnitud de las necesidades, se concretó en cientos de canastas de alimentos, colchones, enseres de higiene, brigadas médicas en las zonas más afectadas y hasta algunas viviendas que hemos podido reconstruir para devolver la dignidad a los que nada tienen.

Como Iglesia, hemos vivido una Semana Santa sintiendo la presencia del Señor en la rememoración de sus Misterios, pero también en las personas que se preocupan por los demás: voluntarios, agentes de pastoral, donantes y tantos otros que apoyan a los damnificados. El resucitado se nos aparece en la solidaridad generosa de aquellos que comparten aun lo que les falta, en las palabras de consuelo y fortaleza de nuestros sacerdotes, y en la ampliación de nuestra capacidad para ver la bondad y el amor en medio de las dificultades para actuar en consecuencia.

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Por la fe que profesamos en la Vigilia Pascual sabemos que Cristo nos invita a transformar el sufrimiento en esperanza y renovación. Como comunidad cristiana, debemos seguir siendo una fuerza positiva que ilumine el camino de aquellos que sufren, y llevarles no solo ayuda material sino también la certeza de que no están solos en su dolor. 

Recordemos siempre que la resurrección de Cristo es la muestra más clara de que el sufrimiento y la muerte no son el final, sino que son un camino hacia la vida eterna. 

Sigamos adelante con fe y determinación, con la esperanza de que, unidos, podremos superar cualquier dificultad y construir juntos un futuro lleno de paz y alegría. 

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