Se acerca la fecha entrañable de la Navidad, el gran acontecimiento que abrió un nuevo camino entre Dios y la humanidad. El nacimiento de Jesucristo fue contemplado y vivido con admiración, la misma que hoy, sus seguidores, lo hacemos. Seguimos admirados por el gran amor que Dios nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo. «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Jesús sigue vivo entre nosotros y nos regala, cada día, el don de su Palabra y de su Eucaristía. Esta es la fe de los cristianos que no nos cansamos de vivir y de anunciar al mundo de hoy.
La Navidad produce en nuestro corazón un sentimiento de humildad ante la grandeza de Dios. Si contemplamos el Misterio de la Navidad con una mirada humilde y de fe nos centraremos en lo esencial de ese Misterio donde Dios lo ha dicho todo. Contemplar ese maravilloso intercambio de amor me tiene que llevar a reflexionar, seriamente, si este Misterio está cambiando algo de mi vida, sobre todo de mis actitudes. Los cristianos no solo contemplamos el Misterio, sino que nos adentramos en él para recoger esa luz verdadera que nace en la oscuridad de un portal de Belén. Esa luz verdadera ilumina nuestras oscuridades, sana nuestras heridas y nos conduce hacia la fuente verdadera de donde brota el agua que sacia toda sed, aunque es de noche.
Adentrarse en el Misterio significa recoger lo grandioso de él para llevarlo a los que, todavía, no han experimentado el gozo que ello conlleva. Nosotros nos gozamos y exultamos por ese inmenso amor que brota del corazón de Dios, pero no lo guardamos solo para nosotros mismos, sino queremos que otros también lo conozcan y puedan gozar de él. Sufrimos, en ocasiones, al ver cada día cerca que son muchos los que se alejan de ese Misterio pensando que otros misterios o caminos les regalarán la felicidad que tanto ansían. Muchas personas se están alejando del Misterio y otro no lo conocen. Otros lo rechazan. En ese ambiente nos vemos los cristianos de hoy. Por este motivo, en cada Navidad, queremos ofrecer a los demás este regalo único que es Dios, que no necesita grandes embalajes o cintas coloreadas sino un corazón que le busque y que quiere unirse a Él.
A todos nos gusta recibir un regalo, aunque bien sabemos que la mayoría de ellos terminan en las estanterías o en los cajones de nuestros armarios. En cambio, este regalo, que es el don de la fe, no se encierra en un pequeño espacio, sino que abarca a toda la persona y no tiene fecha de caducidad. Queremos ofrecer de nuevo, al mundo de hoy, a nuestras familias y a nuestros amigos este regalo que es la fe, porque sabemos por experiencia, que este amor de Dios cambia, transforma las vidas y las hace felices para siempre.
Querido amigo lector, sigue ofreciendo en tu entorno este regalo, acerca a las personas a Dios, háblales del amor que Dios nos tiene. Recuérdales que siempre encontrarán en Dios la luz verdadera y, especialmente, las respuestas a tantas inquietudes que tienen en sus corazones.
¡Es la Navidad, es el tiempo de Dios, el tiempo para contemplar, en silencio, este Misterio de Amor! ¡Feliz Navidad!