Que nuestro mundo esté viviendo un momento complejo lo conocemos ya. En muchos países las guerras y los conflictos no han cesado, es más, han aumentado. Los datos que nos proporcionan las agencias internacionales sobre el hambre en el mundo, reflejan que las políticas de desarrollo no están logrando las metas fijadas. Millones de niños siguen sin poder escolarizarse y, de esta manera, formarse para el futuro. Millones de familias, en todo el mundo, siguen sufriendo las consecuencias de la inestabilidad económica que repercute, seriamente, en el sostenimiento de un hogar. La radiografía de nuestro mundo no ha mejorado, sino que ha empeorado.
Ante estas situaciones que también, nos afectan a nosotros, nos preguntamos en muchas ocasiones, qué podemos hacer para mejorar la calidad de vida de todas las personas que formamos la comunidad mundial. Si los pueblos y las naciones no están unidos y caminan juntos hacia metas concretas, no habrá oportunidad para mejorar la situación. Si los hombres y mujeres de nuestro mundo no son conscientes de que la única manera de salir de esta situación es sentirnos hermanos y caminar juntos, no podremos encontrar el camino verdadero.
También las religiones ocupan un lugar importante en la construcción de un mundo mejor. Millones de personas en el mundo profesan una religión. Encuentran en ella una luz para sus vidas y un proyecto de vida a la que se entregan generosamente.
Durante los días 13 al 15 de agosto, un gran número de representantes y líderes religiosos de todo el mundo se han reunido en Kazajistán para reflexionar juntos sobre los grandes problemas que azota a la humanidad y buscar soluciones que alivien el sufrimiento de los inocentes. En este encuentro mundial ha estado presente, también, el Papa Francisco que quiere impulsar una verdadera fraternidad universal que serán, sin duda, la garantía de una estabilidad y una paz mundial.
Desde una libertad religiosa, los hombres y mujeres de nuestro mundo que profesan una religión, están llamados, como ha pedido Francisco, a desvincularse por completo de un fundamentalismo «que contamina y corroe todos los credos». No es la hora de enraizarse en confrontaciones mutuas o reabrir heridas del pasado. Es la hora de tender la mano a todos para caminar juntos hacia la construcción de una nueva civilización. Es la hora de escuchar a los más débiles de nuestra sociedad y de mundo. Es la hora de apostar, seriamente y de verdad, por una cultura de la vida que acoja y proteja toda vida humana. Es la hora, en definitiva, de hombres y mujeres que sean verdadero reflejo del corazón de Dios.