Los que disponemos de dispositivos móviles observamos que durante las fiestas de Navidad y comienzo del nuevo año recibimos un gran número de felicitaciones y mensajes ilustrativos que llenan, con rapidez, la memoria de estos dispositivos.
Durante varios días, he ido borrando la mayoría de este material gráfico, pero hay un vídeo que lo guardo con especial cariño. No dispongo de su ubicación exacta pero los elementos que aparecen en ella me sirven para escribir esta carta saludo.
La grabación consiste en un vídeo de felicitación donde un grupo numerosos de niños africanos entonan una canción navideña conocida, mientras amagan tocar instrumentos musicales, que en la realidad son objetos casi obsoletos. Las voces son auténticas y muestran la gran capacidad musical que tienen estos niños.
Me fijo en sus rostros que reflejan una verdadera alegría no solo por lo que significa ser protagonistas de una grabación (aun siendo “casera”) sino cómo pronuncian las palabras del reportorio musical. Realmente, estos niños transmiten con sus voces el gran mensaje que nos trae Jesús.
He reproducido varias veces el vídeo y, creo, seguiré viéndole unas cuentas veces. Estos niños me han hecho reflexionar de nuevo, que la verdadera felicidad no consiste en disponer de muchas cosas materiales sino gozarse en la sencillez de la vida y de las cosas. Siempre decimos que cuando visitamos una misión como ésta, nos llama la atención lo felices que son la mayoría, aun viviendo en la máxima pobreza.
Estos niños pobres valoran mucho lo poco que tienen compartiendo con los demás para que todos puedan gozar de la vida. Son muy conscientes de que carecen de muchas cosas, pero ello no les roba lo que realmente hace feliz a una persona, tener un gran corazón.
Compartiendo la alegría, como se muestra en este vídeo, la vida se hace más llevadera y genera oportunidades para que ésta sea más digna. ¡Cuánto nos enseñan los pobres! Esta imagen contrasta mucho con lo que observo después en mi entorno: tiendas y grandes almacenes repletas de personas que cargan bolsas llenas de productos que, en la mayoría de los casos, no los necesitan. Observo, a estas personas, otras miradas muy distintas a la de los niños africanos. Veo personas solas, tristes, con miradas casi perdidas y sacando la tarjeta de crédito como un elemento que les da seguridad de vida.
Estos niños africanos están lejos; los otros los tengo cerca. A los niños les envío, un mensaje de gratitud, por la alegría que transmiten con sus bailes y cánticos. Y a los que tengo cerca, les invito a que reflexionen si realmente en el poseer de las cosas están encontrando la felicidad.