Esta intención se inscribe en un ciclo de catequesis sobre los sacramentos, a los que el Papa dedicó varias audiencias generales, como manifestación de la acción misericordiosa de Dios, que culminará en el Jubileo de la Misericordia de 2016.
En la audiencia del 26 de febrero de 2014 habló del sacramento de la unción de los enfermos, que nos permite tocar con la mano la compasión de Dios por el hombre y que nos ayuda a ampliar la mirada a la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios.
Partiendo de la imagen bíblica del buen samaritano, afirma: «Cada vez que celebramos ese sacramento, el Señor Jesús, en la persona del sacerdote, se hace cercano a quien sufre y está gravemente enfermo o es anciano».
La acción del buen samaritano, que se hace cargo del hombre que sufre, derramando sobre sus heridas aceite y vino, es una parábola cargada de simbolismo.
«El aceite nos hace pensar en el aceite que bendice el obispo cada año, en la misa crismal del Jueves Santo, precisamente en vista de la Unción de los enfermos. El vino, en cambio, es signo del amor y de la gracia de Cristo que brotan del don de su vida por nosotros y se expresan en toda su riqueza en la vida sacramental de la Iglesia».
Siguiendo el relato de la parábola, que confía a la persona que sufre a un hotelero, a fin de que pueda seguir cuidando de ella, se pregunta ¿quién es este hotelero? La respuesta es «la Iglesia, la comunidad cristiana, somos nosotros, a quienes el Señor Jesús, cada día, confía a quienes tienen aflicciones, en el cuerpo y en el espíritu, para que podamos seguir derramando sobre ellos, sin medida, toda su misericordia y la salvación».
Es una praxis ya en uso en el tiempo de los Apóstoles, a quienes Jesús enseñó a «tener su misma predilección por los enfermos y por quienes sufren y les transmitió la capacidad y la tarea de seguir dispensando en su nombre y según su corazón alivio y paz, a través de la gracia especial de ese sacramento».
Concluye el Papa su catequesis previniendo contra el recelo o el miedo de llamar al sacerdote, para que el enfermo no se asuste. Porque existe un poco la idea de que después del sacerdote llega el servicio fúnebre. No hay que pensar que esto es un tabú.
Esta prevención la rebate el Papa recordando que el sacerdote viene para ayudar al enfermo o al anciano. En el sacramento de la unción es «Jesús mismo quien llega para aliviar al enfermo, para darle fuerza, para darle esperanza, para ayudarle; también para perdonarle los pecados. Y esto es hermoso, porque es siempre hermoso saber que en el momento del dolor y de la enfermedad no estamos solos».
«Pero el consuelo más grande –concluye el Papa- deriva del hecho de que quien se hace presente en el sacramento es el Señor Jesús mismo, que nos toma de la mano, nos acaricia como hacía con los enfermos y nos recuerda que le pertenecemos y que nada —ni siquiera el mal y la muerte— podrá jamás separarnos de Él».
La presencia de Jesús en el dolor y en la enfermedad es nuestro consuelo y nuestra fortaleza.



















































