En las próximas semanas, el Mediterráneo comenzará a coger a miles de turistas que, buscando el descanso y los recursos que ofrecen esas hermosas aguas y tierras disfrutarán de sus vacaciones veraniegas. Hablar del Mediterráneo es, para la mayoría de las personas, hablar de un espacio hermoso para el turismo.
Pero en los últimos años, como venimos recordando en esta revista misionera, el Mediterráneo se ha convertido no en un espacio de ocio sino de muerte y de sufrimiento. Miles de personas, no turistas, sino hombres y mujeres, niños y jóvenes, están escapando de la pobreza, de las guerras, del hambre… soñando que el Mediterráneo será el puente que les llevará a una nueva tierra donde podrán vivir con una mínima dignidad.
Las mafias que controlan algunos puertos de países africanos costeros, siguen embarcando a miles de personas en cayucos o barcos que no reúnen las condiciones necesarias para iniciar una travesía por el mar. Lo saben, pero no les importa que esas personas que han ido ahorrando lo poco que tienen para soñar una nueva vida, queden abandonadas y mueran en el mar, muchas de ellas a escasos kilómetros de las costas.
Estos días hemos conocido otra historia dura que ha pasado rápidamente por las redacciones de los medios de comunicación. En las costas de Grecia, un pesquero lleno de inmigrantes, muchos de ellos niños, naufragó a menos de 100 kilómetros de la ciudad de Pylos. Gracias a la movilización rápida del gobierno griego, se pudieron salvar más de un centenar de vidas aunque reconocieron que el número de víctimas podría ser, fácilmente, cuatro veces más, incluidos muchos niños.
Sí, como en otras realidades que azotan nuestro mundo, nos estamos acostumbrando a estos dramas que provocan la muerte de miles de personas sufrientes. La Iglesia católica sigue ofreciendo su apoyo cercano y eficaz a las familias que consiguen llegar a puerto. La Iglesia ora por aquellos que naufragaron contemplando un horizonte nuevo. La Iglesia sigue denunciando las crisis humanitarias que deben ser la prioridad absoluta de los gobiernos y de las instituciones públicas.
Amigo lector, también nosotros, como misioneros carmelitas, seguimos informándonos de estas realidades sufrientes que llegan al corazón de Dios y que nos ponen en camino hacia gestos concretos de amor y de solidaridad. No cerremos nuestro corazón a estas personas que son, también, hijos de Dios y cuyas vidas tienen el mismo valor que las nuestras. Oremos, acojamos y acompañemos a nuestros hermanos inmigrantes.