Con más esperanza que nunca, el pueblo venezolano, esperaba la llegada del 28 de julio pasado, jornada en la que millones de venezolanos tenían la oportunidad de comenzar una nueva etapa con la elección del nuevo presidente del país y acabar con una dictadura que ha llevado a la pobreza a una parte importante del país, y al éxodo masivo de millones de venezolanos.
Días antes, un servidor observaba esta ilusión en los venezolanos que conoce y trata, tanto religiosos como seglares. La mayoría repetían esta frase: «Ha llegado el momento de la libertad». Compartía sus esperanzas, ya que Venezuela es un país que conozco personalmente, y he visto con mis propios ojos, la deriva que sufre en las estructuras económicas y sociales del país. He sido testigo presencial de la situación de penuria en la que viven familias enteras, que no tienen, en ocasiones, ni alimentación, ni medicinas y, que gracias a la labor solidaria de la iglesia católica y de nuestra familia carmelitana, pueden recibir, al menos, una pequeña ayuda.
El candidato presidencial, Edmundo González, había obtenido, en la campaña electoral, un apoyo social e internacional destacable que auguraba un cambio presidencial. El pueblo venezolano salió a la calle y ejerció, en libertad, su derecho a votar, aunque siempre suceden algunos casos de intentos de bloqueo y de intimidación. Se superaron los miedos por el gran deseo de la libertad. Pasadas las horas, los pocos analistas internacionales que pudieron actuar de observadores internacionales, auguraban un cambio, un paso de la dictadura a la libertad. El silencio de las autoridades durante estos meses presagiaba una situación delicada a la hora de no aceptar los resultados. Y así ha sido. Las actas de los resultados electorales no se han publicado aún, aunque las han pedido varios países e instituciones internacionales; y el presidente Maduro volvió a jurar su cargo, el 10 de enero, como presidente con poquísimos apoyos internaciones. ¿A qué tienen miedo las autoridades para publicar las actas electorales cuando se trata de un derecho de un pueblo?. ¿Pueden, las instituciones internacionales, permitir que este derecho no sea reconocido?.
La respuesta, a esta situación de inestabilidad política, ha puesto de nuevo de manifiesto la paciencia que tiene el pueblo venezolano, que no ha escogido otro camino que el «silencio sufriente», esperando que algunos países importantes del continente hagan lo posible para abrir el camino hacia la libertad y la democracia. Por el momento, no ha habido pasos destacables. El cambio tendrá que esperar.
Desde esta revista, seguiremos orando por el pueblo venezolano. LOM seguirá apoyando, en la medida de sus posibilidades, los proyectos que la familia carmelitana tiene en marcha y que llegan a un gran número de familias y personas necesitadas. No les abandonaremos ni en sus necesidades materiales ni tampoco en el sueño de construir un país en libertad y en paz.