La Obra Máxima

Por la evangelización en las grandes ciudades

Fr. Eduardo Sanz de Miguel ocd

«Oremos para que, en las grandes ciudades, a menudo marcadas por el anonimato y la soledad, encontremos nuevas formas de anunciar el Evangelio, descubriendo caminos creativos para construir comunidad».

Zimbabwe

La intención de oración del papa para este mes pone la mirada en el principal escenario de la vida contemporánea: la ciudad. Las grandes urbes concentran posibilidades inmensas de encuentro, cultura, trabajo e intercambio, pero también son con frecuencia lugares de anonimato, fragmentación, ruido interior, soledad y cansancio.

La Biblia conoce bien la experiencia de la ciudad. Jerusalén ocupa un lugar central en la historia de la salvación: está llamada a ser espacio de comunión, justicia y alabanza; pero a menudo se convierte en escenario de idolatría, opresión y olvido de Dios. Por eso los profetas denuncian la corrupción de la ciudad cuando en ella se humilla al pobre o se pervierte el derecho, y al mismo tiempo anuncian la Jerusalén renovada, reconciliada y habitada por la gloria del Señor.

Jesús desarrolla buena parte de su ministerio en aldeas y ciudades

Recorre caminos, entra en casas, enseña en las sinagogas, se detiene con los enfermos, come con pecadores y llora sobre Jerusalén: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos!» (cf. Mt 23,37). La ciudad no le resulta indiferente. La ama, la sufre y la evangeliza. 

Después de la Pascua, el Evangelio se expande precisamente a través de las ciudades del Mediterráneo: Antioquía, Éfeso, Corinto, Roma. El cristianismo nació como una red de pequeñas comunidades urbanas, reunidas en casas, sostenidas por la escucha de la Palabra, la fracción del pan y el cuidado mutuo (cf. Hch 2,42-47). 

El papa subraya un rasgo muy actual: las ciudades están marcadas por el anonimato y la soledad. Rodeado de multitudes, el ser humano urbano puede sentirse invisible; conectado con todos, pero sin pertenecer verdaderamente a nadie; lleno de estímulos, pero interiormente deshabitado.

Aquí la tradición carmelita ofrece una luz preciosa. Santa Teresa de Jesús recuerda que el alma es un castillo habitado por Dios. 

En un mundo disperso y exteriorizado, su mensaje resulta de plena actualidad: para evangelizar la ciudad no basta multiplicar actividades; es necesario ayudar al hombre urbano a reencontrar el camino hacia dentro, allí donde Dios le espera. 

La ciudad necesita testigos de interioridad, personas capaces de mostrar que el corazón humano no está condenado al ruido, porque en su centro habita un Amigo.

San Juan de la Cruz enseña, por su parte, que Dios se comunica muchas veces en la noche, en la desnudez y en el vacío de apoyos. Esto permite leer espiritualmente una experiencia muy urbana: la soledad. El problema no es estar solo, sino no saber que en esa noche puede resonar la voz del Amado. Evangelizar la ciudad será entonces aprender a reconocer las «noches» contemporáneas (el cansancio, la desorientación, la superficialidad de los vínculos, la prisa que vacía el alma) como lugares donde Cristo ya está esperando para abrir caminos de comunión.

Santa Teresa del Niño Jesús aporta otra clave decisiva: la pequeñez fecunda. En la gran ciudad uno puede sentirse impotente ante la magnitud de los desafíos. Teresa de Lisieux responde con la lógica del Evangelio: no hacen falta gestos espectaculares para transformar el mundo; basta un amor verdadero vivido en lo cotidiano. Una palabra amable, una escucha sincera, una casa abierta, una comunidad que acoge: todo eso puede ser ya evangelización. En la ciudad, el anuncio del Evangelio pasa muchas veces por la santidad de lo sencillo, por la caridad concreta que rompe el anonimato.

Y santa Isabel de la Trinidad nos recuerda que el cristiano está llamado a ser «alabanza de gloria» en medio del mundo. También en la ciudad, con su ruido y su velocidad, se puede vivir desde una presencia interior que irradia paz. No se trata de huir de la ciudad, sino de habitarla de otro modo: con una mirada contemplativa, con un corazón unificado y con una disponibilidad real para el encuentro.

La intención del papa nos invita, en definitiva, a desplegar una creatividad evangélica en las ciudades de hoy. No una creatividad superficial, sino nacida de la compasión de Cristo y de la inteligencia del amor. Evangelizar la ciudad exige salir, escuchar, discernir, tejer vínculos, ofrecer silencio, cuidar a los heridos, abrir comunidades hospitalarias y proponer la fe como camino de humanidad plena. Allí donde la ciudad produce soledad, la Iglesia está llamada a generar fraternidad; allí donde el anonimato borra los rostros, el Evangelio devuelve a cada persona su nombre y su dignidad; allí donde el ruido impide escucharse, el Espíritu abre un espacio interior donde Dios sigue diciendo: «No temas, estoy contigo».

Oración: Pidamos al Señor que nuestras parroquias, comunidades y hogares cristianos sean oasis de comunión en medio de la ciudad, lugares donde el Evangelio no solo se predique, sino que se haga visible en la calidad de las relaciones, en la acogida de los más frágiles y en la alegría serena de quienes viven sabiendo que Dios habita entre nosotros. Amén.

Zimbabwe
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