En la parte de la Comunidad estaba de Prior el P. Jesús Ormaza. Casi todos los días venía a visitarnos. Alguna vez me pidió el favor de hacer de portero de la comunidad. Y aquí vino algo inesperado: apareció una mano de mujer con un bulto. Sólo dijo: «Anónimo». Y se marchó. Lo abrí y me encontré con medio millón de pesetas en efectivo. Supusimos que serían para La Obra Máxima.
En años pasados, cuando dicho P. Bernardino era director de la revista, solían venir muchas mujeres voluntarias para meter la revista en sobre grandes para enviarla por correo. Y según me contaba, entre cantos y cuentos de historietas todo era alegría y servicio agradable. Pero, al pasar los años, ya no podían venir.
Entonces tuvimos que comprar una máquina para embalar la revista en sobres. Y ocurrió lo de siempre: los vendedores te hacen la demostración y se marchan. Y puestos a la obra, Ormaza y yo terminamos nuestra primera faena a las tres y media de la madrugada.
Otro buen ayudador fue el P. Félix Escota, que había sido misionero en Tumaco (Colombia). Cada mes venía de Vitoria para maquetar la revista, a base de tijeras y cola. La agencia romana Fides nos mandaba muchas noticias misionales. Con ese material redactábamos bastantes artículos de la revista con pseudónimos pintorescos.
Otra ayuda vino del P. Guillermo Zabala, viejo misionero en la India y en Urabá (Colombia). Siempre le gustó mucho la fotografía. Por eso, le pagamos un viaje a la India y a nuestra misión de Malawi (África). De ese modo, formamos una buena colección de fotos misionales.
También eché a andar mis aficiones de ingeniero para hacer unas casetas o buzones para colocar las revistas por lugares de destino. Encontramos mucha tabla de manera en el retejo de nuestro convento de Pamplona. Con una motosierra y mucha imaginación todo resultó práctico.











